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LA JUSTICIA EN TIEMPOS DEL FIN II

LA JUSTICIA EN TIEMPOS DEL FIN II
La Oración: Rebelión al Status Quo
Reflexión sobre Lucas 18:1-8
Por pastora Ruth María Jaramillo


LA PARÁBOLA DE LA VIUDA Y EL JUEZ INJUSTO
Esta parábola ilustra la naturaleza de la intercesión. En la misma el paralelo que Jesús quiso establecer obviamente no era entre Dios y el juez corrupto sino entre la viuda y el peticionario. Dicho paralelo tiene dos aspectos: Primero, la viuda se rehusaba a aceptar su situación injusta, de la misma manera que un cristiano debería negarse a aceptar vivir en la naturaleza caída del mundo. Segundo, a pesar del desaliento, la viuda persistió con su caso en la misma forma que un cristiano debería persistir con el suyo. El primer aspecto tiene que ver con la naturaleza de la oración; el segundo, con la práctica de la misma.

Muy a menudo, nuestras oraciones de peticiones pedigüeñas son enclenques e irregulares porque son dirigidas de la manera equivocada.  Nos culpamos a nosotros mismos por lo endeble de nuestra fuerza de voluntad, nuestros deseos insípidos, nuestra técnica ineficaz y nuestras mentes divagantes. Seguimos con la idea de que nuestra práctica es totalmente equivocada y nos devanamos los sesos tratando de descubrir dónde estamos fallando.  El problema yace en el malentendido sobre la naturaleza de la oración de petición.  Nuestra práctica nunca tendrá la tenacidad de la viuda hasta que nuestro entendimiento tenga la claridad de ella. “Nuestro problema:  No fallamos en la práctica de la oración, sino en que no la entendemos.”

¿Cuál es, entonces, la naturaleza de la oración de petición, de intercesión?  Es, en esencia, una rebelión: rebelión contra el mundo en su naturaleza caída; la absoluta y continua oposición a aceptar como normal aquello que definitivamente es anormal. Es en su aspecto negativo, el rechazo de cualquier ardid, treta o interpretación que sea contraria a la norma que Dios estableció originalmente. Como tal, la oración de petición es en sí misma una expresión del abismo insalvable que separa el bien del mal; la declaración de que el mal no es una variación del bien, sino su antítesis.

Llegar a aceptar la vida “tal como es”, aceptarla en sus propios términos (lo que significa reconocer lo inevitable de la forma en que opera) es abandonar el punto de vista cristiano acerca de Dios. Es la resignación a lo que es anormal, lo que lleva consigo la suposición no reconocida de que el poder de Dios para cambiar el mundo, para vencer el mal con el bien, no obrará.

“Nuestro problema con la Intercesión:  No es que fallamos en la práctica de la oración, sino en que no la entendemos.”

Nada derrota a la intercesión, y con ella, al punto de vista cristiano acerca de Dios, tan rápidamente como la resignación. Jesús dijo que debemos orar siempre, y “no desmayar”, no conformándonos así con lo que está, con el Status Quo (Lucas 18:1).

La degradación de la intercesión en presencia de la resignación tiene un origen histórico interesante. Es el caso de los estoicos, quienes decían que dicha clase de oración se rehusaba a aceptar el mundo existente como una expresión de la voluntad de Dios. Supuestamente, uno trata de escapar del mundo a través del intento de cambiarlo. Eso, decían ellos, era malo. Un argumento similar se encuentra en el budismo. Y el mismo resultado, aunque alcanzado mediante un proceso de razonamiento diferente, se encuentra comúnmente en nuestra cultura secular, en donde se ve a la vida como un fin en si. La vida, según lo creen, está separada de cualquier relación con Dios, entonces, Dios puede estar presente y activo en el mundo, pero no es una presencia y una actividad que cambia nada.

Contra todo esto, debe afirmarse que la oración de intercesión sólo florece cuando creemos dos cosas: primero, que el nombre de Dios es santificado muy irregularmente. Segundo, que Dios mismo puede cambiar dicha situación. Por lo tanto, la intercesión es la expresión de que la vida, tal como la enfrentamos puede ser diferente, y debe ser diferente. Por ello, es imposible pretender vivir en el mundo de Dios bajo sus términos y realizar su obra en concordancia con lo que Él es, sin involucrarnos en la práctica de la oración.

El ejemplo de Jesús: contender en oración con el status quo.

En la vida de nuestro Señor, la intercesión precedió las grandes decisiones de su vida, tal como la elección de los discípulos (Lucas 6:12).  Verdaderamente, la única explicación posible de la elección de ese puñado de “nadies” jactanciosos, ignorantes y mal educados como eran, es que Él había orado antes de elegirlos.

En segundo lugar, oraba cuando se encontraba demasiado presionado, cuando los días eran demasiado ocupados y la gente requería, casi a manera de competencia, su atención y facultades (Mateo 14:23).

En tercer lugar, oraba en medio de las grandes crisis y momentos importantes de su vida, como en el bautismo, la transfiguración y la cruz (Lucas 3:21; 9:28,29).

Finalmente, oraba antes de las tentaciones y durante ellas, siendo la ocasión más vívida la de Getsemaní (Mateo 26:36-45). A medida que se acercaba la hora del mal, el contraste entre la forma que Jesús la confrontó y la manera en que lo hicieron los discípulos, es explicado por el hecho de que Él perseveró en la oración y ellos se durmieron desmayando en sus corazones.

Cada una de estás situaciones y tantas otras en la vida de Jesús, presentó la posibilidad de que adoptara una táctica, aceptara una perspectiva o persiguiera algún objetivo que fuera diferente al de Dios. El rechazo de la alternativa está marcado siempre por su intercesión. Fue la forma en cómo Él rechazó vivir en este mundo o hacer la voluntad del Padre que no fuera sino en los términos establecidos por Dios. Como tal, era una rebelión contra el mundo en su anormalidad perversa y caída.

La oración declara que Dios y su mundo están mutuamente opuestos; dormir, desmayar o desalentarse es actuar como si esto no fuera así. Aceptamos resignadamente que la situación es inmutable y que las cosas son lo que siempre serán. Sencillamente, no creemos que la oración pueda cambiar las cosas. Este es un problema que no está relacionado con la práctica de la oración sino con la naturaleza de la misma. O más específicamente, es acerca de la naturaleza de Dios y su relación con este mundo.

A diferencia de la viuda de la parábola, se nos hace fácil llegar a un acuerdo con el mundo caído e injusto que nos rodea, aún cuando se entromete en las instituciones cristianas. No siempre es que no nos damos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor, sino que sencillamente nos sentimos totalmente impotentes para cambiar cualquier situación. Sin embargo, y de forma involuntaria, dicha impotencia nos lleva a pactar una tregua con aquello que está mal.

En otras palabras, hemos perdido nuestro enojo, tanto a nivel social de testimonio como ante Dios en la oración. Afortunadamente, Dios no ha perdido el suyo, ya que su ira está en oposición a lo que es completamente erróneo; es el medio por el cual la verdad es puesta en el trono y el error sobre el patíbulo, para siempre. Sin la ira de Dios, no habría razón alguna para vivir moralmente en el mundo y, en realidad, ninguna razón para vivir. Así que la ira de Dios, en dicho sentido, está íntimamente ligada con la intercesión que busca el ascenso de la verdad en toda circunstancia y la correspondiente desaparición de la maldad.

La estructura que Jesús nos dio para que consideremos lo anterior fue el Reino de Dios. El reino es la esfera donde se reconoce la soberanía del rey. Y debido a la naturaleza de nuestro Rey, dicha soberanía se ejerce sobrenaturalmente. Por lo tanto, el ser cristiano no es simplemente cuestión de haber tenido la experiencia religiosa adecuada, sino mas bien la de comenzar a vivir en dicha esfera, la cual es auténticamente divina. Nuestra debilidad en la oración sucede porque hemos perdido de vista todo lo anterior, y mientras no recuperemos esa visión no podremos persistir en nuestro papel como litigantes. Pero existen motivos suficientes para recuperarla y aprovechar nuestra oportunidad, ya que el Juez ante el cual comparecemos no es ni ateo ni corrupto, sino el glorioso Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. ¿Cree, entonces, que Él dejará de hacer justicia a sus escogidos que claman a Él día y noche? (Lucas 18:7). ¿Los seguirá haciendo a un lado? Os digo, declara nuestro Señor, que pronto les hará justicia (Lucas 18:8).

La oración y la Palabra de Dios son las armas mas poderosas de las cuales dispone el cristiano para combatir las fuerzas espirituales de las tinieblas. Si la palabra de Dios es una espada, entonces las oraciones son flechas que pueden lanzarse contra el enemigo cercano o lejano. Se ha dicho, con mucha razón, que “el ejército de Dios avanza de rodillas”.

"¿Cuál es, entonces, la naturaleza de la oración de intercesión?  Es, es esencia, una rebelión: rebelión contra el mundo en su naturaleza caída; la absoluta y continua oposición a aceptar como normal aquello que definitivamente es anormal."

Fuente: Autor y editor general: Jonatán P. Lewis, “MISIÓN MUNDIAL: PROPÓSITO Y PLAN DE DIOS” 4ª. Edición, Tomo 1. Lección 12, páginas 112 a la 116.


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LA CRUZ DE CRISTO

LA CRUZ DE CRISTO
Por Paul Washer
Traducido por Diego Kim


Una de mis mayores cargas es que rara vez es explicada la Cruz de Cristo.  No es suficiente decir “Él murió” – ya que todos los hombres mueren.  No es suficiente decir “el murió noblemente”- ya que los mártires hacen los mismo. Tenemos que entender que no hemos proclamado en su llenura la muerte de Cristo con poder salvífico hasta que hallamos aclarado la confusión que la rodea y exponer su verdadero significado a nuestros corazones – Él murió llevando las transgresiones de Su gente, sufriendo el castigo divino por sus pecados: Él fue abandonado por Dios y molido bajo la ira de Dios en su lugar.

Cristo: el Desamparado de Dios
Uno de los pasajes más inquietantes, e incluso escalofriante, es el relato en las Escrituras de Marcos, la exclamación del Mesías al estar en la Cruz romana. Y exclamó:
"ELOI, ELOI, ¿LEMA SABACTANI?, que traducido significa, DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?"

A la luz de lo que sabemos sobre la naturaleza impecable del Hijo de Dios y su perfecta comunión con el Padre, es difícil entender las palabras de Cristo, aun así en ellas encontramos el significado de la Cruz expuestas, y encontramos la razón por la cual murió Cristo.  El hecho que Sus palabras estén también documentadas en hebreo nos dice algo de suma importancia para ellos. ¡El autor no quería que mal-entendiéramos o que se nos escapara ni una sola cosa!

En estas palabras, Jesús no solo esta llamando al Padre, pero como Maestro consumado, Él también está dirigiendo a Sus espectadores y a todos los futuros lectores a una de las más importantes profecías mesiánicas del Antiguo Testamento – Salmo 22. Aunque todo el Salmo está lleno de profecías detalladas de la Cruz, solo nos concentraremos en los primeros seis versículos:
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?  Dios mío, de día clamo y no respondes; y de noche, pero no hay para mí reposo.  Sin embargo, tú eres santo, que habitas entre las alabanzas de Israel.  En ti confiaron nuestros padres; confiaron, y tú los libraste.  A ti clamaron, y fueron librados; en ti confiaron, y no fueron decepcionados.  Pero yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo."

En los días de Cristo las Escrituras hebreas no estaban organizadas en capítulos y versículos numerados como los tenemos hoy. Así que cuando un rabino quería dirigir a sus oyentes a cierto Salmo o porción de la Escritura, lo hacia recitando las primeras líneas del texto. En esta exclamación desde la Cruz, Jesús nos dirige al Salmo 22 y nos revela algo del carácter y propósito de Su sufrimiento.

En los primeros dos versículos, escuchamos la queja del Mesías- Él se considera abandonado por Dios. Marcos utiliza la palabra griega egkataleípo, el cual significa desamparado, abandonado, o desertado. El Salmista utiliza la palabra hebrea azab, el cual significa: dejar, perder, o desamparar. En ambos casos, la intención es clara. El Mesías mismo es consciente que Dios lo ha desamparado y puso el oído sordo a Su llanto. Este desamparo no es simbólico ni poético. ¡Es Real! ¡Si alguna vez alguna criatura se sintió desamparada por Dios, éste fue el Hijo de Dios en la Cruz del Calvario!

En el cuarto y quinto versículos del Salmo, la angustia sufrida por el Mesías se vuelve más aguda al recordar la fidelidad del pacto de Dios hacia Su pueblo. Él declara (22:4-5):
"En ti confiaron nuestros padres; confiaron, y tú los libraste.  A ti clamaron, y fueron librados; en ti confiaron, y no fueron decepcionados."

La aparente contradicción es clara. Nunca hubo una instancia en la historia en la que el pueblo pactal de Dios hubiera visto a un hombre justo clamando a Dios sin ser rescatado. Sin embargo, el Mesías sin mancha cuelga del árbol completamente desamparado. ¿Cual podría ser la razón por el desamparo de Dios? ¿Por qué le dio la espalda a Su Hijo unigénito?

Entrelazado en el llanto del Mesías se encuentran las respuestas a estas preguntas inquietantes. En el tercer versículo, Él hace la declaración inquebrantable que Dios es Santo, y luego en el sexto versículo Él admite lo atroz – Él se había vuelto un gusano y ya no era un hombre. ¿Por qué utilizaría el Mesías tal lenguaje peyorativo hacia si mismo? Acaso se veía a si mismo como un gusano porque se había vuelto el “oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo” ¿o había una razón mas espantosa para Su auto-deprecación? Después de todo no clamó, “Dios mío, Dios mío ¿Por qué me ha desamparado el pueblo?” ¡Sino que se esforzó en saber por que Dios lo había hecho! La respuesta puede ser encontrada en una amarga verdad solamente – el Señor había hecho que toda nuestra iniquidad cayera sobre Él, y como un gusano, Él fue desamparado y molido en nuestro lugar.

Esta metáfora oscura del Mesías agonizante no esta solamente en las Escrituras. Hay otros que nos llevan más a fondo al corazón de la Cruz y nos abre que “Él padezca mucho” en orden de ganar la redención de su gente. Si temblamos ante las palabras del Salmista, seremos llevados a oír al tres veces santo Hijo de Dios volverse la serpiente levantada en el desierto, y después, el cordero expiatorio que cargaba el pecado que se dejaba a morir solo.

La primera metáfora se encuentra en Números. Por la constante rebelión de Israel hacia Dios y su rechazo de Su provisión misericordiosa, Dios envío “serpientes abrasadoras” entre el pueblo y muchos murieron. Sin embargo, como resultado del arrepentimiento del pueblo y la intercesión de Moisés, Dios una vez más hizo provisión para su salvación. Él le ordenó a Moisés “Hazte una serpiente abrasadora y ponla sobre un asta” Él luego prometió que “todo el que sea mordido la mire, vivirá.”

Al principio parece contradictorio a la lógica que “la cura tuviera la semejanza de aquel que había herido.” Sin embargo provee una poderosa imagen de la Cruz. Los israelitas estaban muriendo del veneno de las serpientes abrasadoras. El hombre muere del veneno de su propio pecado. A Moisés le habían ordenado poner la causa de la muerte alto en un asta. Dios puso la causa de nuestra muerte sobre Su propio Hijo al colgar alto sobre la Cruz.  Él había venido “en semejanza de carne de pecado” y fue “pecado por nosotros.” Los israelitas que le creyeran a Dios y miraran a la serpiente de bronce vivirían.  El hombre que cree el testimonio de Dios según Su Hijo y le ve en fe será salvo. Como está escrito (Is. 45:22), “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.”

La segunda metáfora se encuentra en el libro sacerdotal de Levítico. Como era imposible que un solo sacrificio ilustrara o simbolizara completamente la muerte expiatoria del Mesías, un sacrificio involucrando dos corderos fue puesto ante el pueblo. El primer cordero fue inmolado como ofrenda expiatoria ante el Señor, y su sangre fue rociada en y delante del propiciatorio detrás del velo del lugar santísimo. Simbolizaba a Cristo quien derramó Su sangre en la Cruz para expiar por los pecados de Su pueblo. El segundo cordero era presentado ante el Señor como un cordero expiatorio. El Sumo Sacerdote imponía sus manos sobre el animal “ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel y todas sus transgresiones, todos sus pecados.” El cordero expiatorio entonces era enviado al desierto llevando la iniquidad del pueblo a un lugar solitario. Allí vagaría solo, desamparado de Dios y cortado de en medio del pueblo. Simbolizaba a Cristo quien “llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz,” sufrió y murió solo “fuera del campamento.” Lo que era simbólico en la Ley se volvió una realidad insoportable para el Mesías.

¿No es asombroso que un gusano, una serpiente venenosa, y un cordero sean puestos como tipos de Cristo? Para identificar al Hijo de Dios con cosas “aborrecibles” seria blasfemo si no vinieran de los santos del Antiguo testamento “inspirados por el Espíritu Santo” y confirmados por los autores del Nuevo Testamento, quienes van mas allá en las descripciones sombrías.  Bajo la inspiración del Espíritu Santo ellos son lo suficientemente audaces para decir que Aquel que no tuvo pecado “le hizo pecado,” y Él quien fue el amado del Padre, fue “hecho maldición” ante Él.  Hemos oído estas verdades antes, pero ¿nunca las hemos considerado lo suficiente para ser quebrantados?

En la Cruz, El declarado “santo, santo, santo” por el coro de Serafines, se “hizo” pecado. El viaje al significado de esta frase parece casi muy peligroso. Tropezamos ante el primer paso. ¿Que significa que Aquel en quien “toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente” se “hizo pecado?” No debemos explicar la verdad ligeramente tratando de proteger la reputación del Hijo de Dios, y aún, debemos de tener cuidado de no hablar cosas terribles contra Su carácter impecable e inmutable.

Según las Escrituras, Cristo se “hizo pecado” en la misma manera en que los pecadores se “vuelven la justicia de Dios” en Él. En su segunda epístola a la iglesia de Corinto el Apóstol Pablo escribe (5:21):
“Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.”

El creyente no es “justicia de Dios” por alguna obra purificadora o perfeccionadora según su carácter que lo haga como Dios y sin pecado, pero como resultado de la imputación por el cual él es considerado justo ante Dios por la obra de Cristo para él.  De la misma manera, Cristo no se hizo pecado por tener un carácter manchado o ensuciado, pero actualmente volviéndose depravado, pero como resultado de la imputación por el cual fue considerado culpable ante el juicio de Dios para nosotros. Esta verdad no debe causar que pensemos menos de la declaración de Pablo que Cristo se “hizo pecado.” Aunque fue una culpa imputada, fue una culpa real, trayendo una angustia inquietante a Su alma.  Él tomó nuestras culpas como suyas, estuvo en nuestro lugar, y murió desamparado de Dios.

Que Cristo "se hizo pecado” es una verdad terrible como incomprensible, y aun justo cuando pensamos que no se pueden decir palabras más oscuras contra Él, el apóstol Pablo enciende una lámpara y nos lleva al fondo de la humillación y desamparo de Cristo. Entramos en la caverna mas profunda para encontrar al Hijo de Dios colgando de la Cruz y llevando su titulo más infame – el ¡maldito de Dios!

Las Escrituras declaran que toda la humanidad está bajo la maldición. Como está escrito (Gál. 3:10), “maldito todo el que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la Ley, para hacerlas.” Desde la perspectiva celestial, aquellos que quebrantan la Ley de Dios son viles y dignos de aborrecimiento. Son miserables, justamente expuestos a la venganza divina, y justamente devotos a la destrucción eterna. No es una exageración decir que la última cosa que el pecador maldito debería y oirá cuando él de el primer paso en el infierno es a toda la creación parándose y aplaudiendo a Dios por haberse desasido de él de la faz de la tierra. Tal es la vileza de aquellos que quebrantan la Ley de Dios, y tal el desdén de lo santo hacia lo impío. Y aun así el Evangelio nos enseña que “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros (porque escrito está: MALDITO TODO EL QUE CUELGA DE UN MADERO)” (Gál. 3:13).  Cristo se volvió lo que nosotros éramos en orden de redimirnos de lo que merecíamos.  Él se volvió un gusano y no un hombre, la serpiente levantada en el desierto, el cordero enviado fuera del campamento, el cargador de pecados, y Aquel sobre el cual la maldición de Dios cayó.  Es por esta razón que el Padre lo rechazó y todo el cielo escondió su rostro.

Es una gran travesía que el verdadero significado de la “exclamación de la cruz” de Cristo a menudo se ha perdido en un cliché romántico. No es raro oír a un predicador declarar que el Padre rechazó al Hijo porque no podía soportar el sufrimiento infligido en Él por las manos de hombres malvados. Tales interpretaciones son una completa distorsión del texto y de lo que realmente transpiró en la Cruz. El Padre no rechazó a Su Hijo porque le haya faltado fuerza para testificar Su sufrimiento, pero porque “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El” (2Cor. 5:20-21).  Él puso nuestros pecados sobre Él y le rechazó porque Sus ojos son demasiados puros como para aprobar la maldad y no puede ver la maldad con favor.

No es sin razón que muchos tratados bíblicos ilustran un abismo entre un Dios santo y el hombre pecaminoso. Con tal ilustración las Escrituras están completamente de acuerdo. Como el profeta Isaías clamo:
"He aquí, no se ha acortado la mano del SEÑOR para salvar; ni se ha endurecido su oído para oír. Pero vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados le han hecho esconder su rostro de vosotros para no escucharos." (Isaías 59:1-2)

Es por esto que todos los hombres habrían vivido y muerto separados de la favorable presencia de Dios y bajo la ira divina si el Hijo de Dios no hubiera estado en su lugar, llevando el pecado, y muerto “desamparado de Dios” por ellos. Para cerrar la brecha y restaurar la comunión, “¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas?”

Cristo Muere bajo la Ira de Dios
Para obtener la salvación de su gente, Cristo no solamente sufrió el terrible desamparo de Dios, pero Él tomó la amarga copa de la ira de Dios y murió una muerte sangrienta en lugar de Su gente. Solo entonces podía ser satisfecha la justicia divina, apaciguar la ira de Dios, y hacer posible la reconciliación.

En el huerto, Cristo oró tres veces para que “la copa” fuera removida de Él, pero cada vez Su voluntad se entregaba a la voluntad del Padre.  Debemos preguntarnos ¿que contenía la copa que hiciera que Él pidiera fervientemente? ¿Qué contenía que causara tal angustia que Su sudor se mezclara con sangre? A menudo se dice que la copa representaba la cruel Cruz romana y la tortura física que le esperaba; que Cristo previó el látigo de nueve colas viniendo detrás de su espalda, la corona de espinas penetrando su frente, y los clavos primitivos que serian atravesados por Sus manos y Sus pies. Aun aquellos que ven estas cosas como la fuente de Su angustia no entienden la Cruz, ni lo que ocurrió ahí. Aunque las torturas lo colmaban por las manos humanas era el plan redentor de Dios, había algo mucho más ominoso que evocó el clamor de liberación del Mesías

En los primeros siglos de la iglesia primitiva, miles de cristianos murieron en cruces. Se dice que Nerón los crucifico al revés, los cubrió de alquitrán, y les prendía fuego para proveer de luz a las calles de la ciudad de Roma. A través de las épocas desde entonces, un sin numero de cristianos han sido llevados a las más inquietantes torturas, y aun es el testimonio de amigos y enemigos al igual que muchos de ellos fueron ante la muerte con gran sagacidad. ¿Hemos de creer que los seguidores del Mesías enfrentaron tal muerte cruel y con gozo indecible, mientras el Capitán de su Salvación se acobardó en el huerto, fingiendo la misma tortura? ¿Acaso el Cristo de Dios le temió a látigos y espinas, cruces y lanzas, o acaso la copa representó el terror infinito que va mas allá que la crueldad humana?

Para entender el contenido ominoso de la copa, debemos dirigirnos a las Escrituras. Hay dos pasajes en particular que debemos considerar – uno de los Salmos y el otro de los profetas:
“Porque hay un cáliz en la mano del SEÑOR, y el vino fermenta, lleno de mixtura, y de éste Él sirve; ciertamente lo sorberán hasta las heces y lo beberán todos los impíos de la tierra.”

“Porque así me ha dicho el SEÑOR, Dios de Israel: Toma de mi mano esta copa del vino del furor, y haz que beban de ella todas las naciones a las cuales yo te envío. Y beberán y se tambalearán y enloquecerán a causa de la espada que enviaré entre ellas.”

Como resultado de la rebeldía incesante de los impíos, la justicia de Dios había decretado un juicio contra ellos. Justamente derramaría su indignación sobre las naciones. Él pondría el vino de Su ira en sus bocas y forzarlos a tomar hasta sus heces. El simple pensamiento de que tal destino le espera al mundo es absolutamente terrible, y aun así ese habría sido el destino de todos, excepto que la misericordia de Dios buscó la salvación de la gente, y la sabiduría de Dios elaboró un plan de redención aún desde antes de la fundación del mundo. El Hijo de Dios se haría hombre y caminaría esta tierra en perfecta obediencia a la Ley de Dios. Él seria como nosotros en todos lo sentidos, y tentado en todos las maneras como nosotros, pero sin pecado.  Él viviría una vida perfectamente justa para la gloria de Dios y en lugar de Su gente. Y en el tiempo designado, Él seria crucificado a manos de hombres impíos, y en esa Cruz, Él llevaría la culpa de Su gente, y sufriría la ira de Dios contra ellos. El perfecto Hijo de Dios y verdadero Hijo de Adán juntos en una gloriosa persona tomaría la amarga copa de la mano de Dios y la tomaría hasta las heces. Él tomaría hasta que fuera “consumado” y la justicia de Dios fuera completamente satisfecha. La ira divina que debió haber sido nuestra seria exhausta sobre el Hijo, y seria extinguida por Él.

Imagínese una represa que está llena hasta el tope y presionada contra el peso detrás de ella. De una el muro protector es removido y el poder destructivo es liberado. Y cómo la destrucción certera corre hacia el pueblo en el valle cercano, de repente la tierra se abre ante el pueblo y se traga aquello que la habría arrasado. De la misma manera, el juicio de Dios corría directamente al hombre. No se podía encontrar escape en la montaña más alta o en el abismo más profundo. Los pies más veloces no podrían haber escapado, ni el mejor nadador soportar sus tormentos. La represa fue quebrada y nada podía arreglar su daño. Pero cuando toda esperanza humana fue exhausta, en el tiempo oportuno, el Hijo de Dios se interpuso. Él se paró entre la justicia divina y su gente. Él tomó la ira que ellos mismos habían encendido y el castigo que ellos merecían. Cuando Él murió ni una gota del diluvio quedó. ¡Él la tomó toda!

Imagínese dos piedras de molino, una girando encima de la otra. Imagínese que entre las piedras hay un grano de trigo que es halado por el gran peso. Primero es molido hasta ser irreconocible, y después sus partes internas son esparcidas y molidas en polvo. No hay esperanza de removerlo o reconstruirlo. Todo se ha perdido e irreparable. De igual manera, “Le plació a Dios” moler a Su propio Hijo y ponerlo en angustia indescriptible. Por lo tanto, le plació al Hijo someterse a tal sufrimiento en orden de que Dios fuera glorificado y una gente fuera redimida. No es que Dios se haya complacido o encontrado placer en el sufrimiento de Su amado Hijo, pero por su muerte, la voluntad de Dios se cumplió. Ningún otro medio tenía poder de remover el pecado, satisfacer la justicia, y apaciguar la ira de Dios contra nosotros. A menos que ese grano de trigo divino hubiera caído y muerto, habría permanecido solo sin una gente o una esposa. El placer no estuvo en el sufrimiento, pero en todo lo que el sufrimiento lograría: Dios seria revelado en una gloria aun desconocida a hombres y ángeles, y gente seria traída a una relación sin obstáculos con Dios.

En una de las historias más épicas del Antiguo Testamento, al patriarca Abraham le es ordenado llevar a su hijo Isaac al Monte Moriah y allí ofrecerlo como sacrificio a Dios.
“Toma ahora a tu hijo, tu único, a quien amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré.”

¡Qué carga la que fue puesta sobre Abraham! No podemos ni imaginarnos la tristeza que llenó el corazón del hombre anciano y la tortura que llevó cada pasó del viaje. Las Escrituras son cuidadosas en contarnos que él fue ordenado a ofrecer a "su hijo, su único hijo a quien amaba.” La especificidad parece diseñado para agarrar nuestra atención y hacernos pensar que hay un significado más oculto en estas palabras de las que podemos ver.

En el tercer día los dos llegaron al lugar indicado, y el padre mismo ató a su amado hijo con sus propias manos. Finalmente en sumisión a lo que debía hacer, él puso su mano sobre su hijo y “tomó el cuchillo para sacrificar a su hijo.” En ese momento, la misericordia y gracia de Dios se interpuso, y la mano del anciano se detuvo. Dios lo llamó desde el cielo y dijo:
"¡Abraham, Abraham!... No extiendas tu mano contra el muchacho, ni le hagas nada; porque ahora sé que temes a Dios, ya que no me has rehusado tu hijo, tu único."

A la voz del Señor, Abraham alzó los ojos y vio un carnero atrapado por los cuernos. Tomó el carnero y lo ofreció en lugar de su hijo. Y luego nombró el lugar YHWH-Jireh o “el Señor proveerá.” Es un dicho fiel que permanece hasta el día de hoy, “En el monte del SEÑOR se proveerá.” Al venir a un cierre de cortina en este momento épico en la historia, no solamente Abraham, pero también todos los que han leído este acontecimiento dan un suspiro de alivio que el muchacho se hubiera salvado. ¡Pensamos qué hermoso fin, pero no es el fin, era una simple intermedio!

Dos mil años más tarde, las cortinas se vuelven a abrir.  El fondo es oscuro y ominoso. En el centro del escenario esta el Hijo de Dios en el Monte de la Calavera. Él está atado por la obediencia de la voluntad de Su Padre. Él cuelga llevando el pecado de Su gente. Él es maldito – traicionado por su creación y desamparado de Dios. Entonces, el silencio es roto con el horroroso trueno de la ira de Dios. El padre toma el cuchillo, levanta el brazo, y sacrificó a Su “hijo, [el] único, a quien amas,” y las palabras del profeta Isaias son cumplidas:
“Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores; con todo, nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Mas Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por sus heridas hemos sido sanados…Pero quiso el SEÑOR quebrantarle, sometiéndole a padecimiento. Cuando Él se entregue a sí mismo como ofrenda de expiación, verá a su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del SEÑOR en su mano prosperará.”

La cortina se cierra con un Hijo sacrificado y un Mesías crucificado. A diferencia de Isaac no había carnero que muriera en Su lugar. Él era el cordero quien moriría por los pecados del mundo. Él es la provisión de Dios para la redención de Su gente. Él es el cumplimiento de quien el carnero e Isaac solo eran sombras. En Él el Monte de la Calavera es renombrado “YHWH-jireh” o “el Señor proveerá.” Es un dicho fiel hasta el día de hoy, “En el monte del SEÑOR se proveerá.” El Calvario era el monte y la salvación fue provista, Así el creyente que discierne clama: “Dios, Dios, se que me amas ya que no me has rehusado Tu Hijo, Tu único.”

Es una injusticia al Calvario que el verdadero dolor de la Cruz es a menudo pasado por alto por un tema romántico y menos poderoso. A menudo es predicado que el Padre miro desde el cielo y testifico el sufrimiento que era colmado sobre Su Hijo por manos humanas, y que Él contó tal aflicción como pago por nuestros pecados. Esto es herejía de la peor clase. Cristo satisfizo la justicia divina no solo soportando la aflicción de los hombres, pero soportando y muriendo bajo la ira de Dios. Toma más que cruces, clavos, coronas, y lanzas, para pagar por el pecado. El creyente es salvado no solo por lo que le hicieron los hombres a Cristo en la Cruz, pero por lo que Dios le hizo a Él - Él lo molió bajo toda la fuerza de Su ira contra nosotros. ¡Raramente esta verdad se hace suficientemente clara en nuestra predica del Evangelio!

Fuente: Cristianismo bíblico


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Por apóstol Dr. Daniel Guerrero



EL CONTEXTO
El contexto en el que se haya la expresión: "Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?", en Lucas 18:8, es bien interesante y aleccionadora. Pues Jesús acababa de enseñarle a los fariseos y a sus discípulos sobre la venida del reino de Dios (17:20-37), comparando ese evento con los días de Noé previos al diluvio y a los de Lot previos al juicio sobre Sodoma y Gomorra. Tiempos caracterizados por gran inmoralidad, libertinaje e injusticia por doquier. Y allí, el Maestro les expresa que el reino de Dios estaba entre ellos, pero a su vez estaba por venir (vv.20-21), tal como sucede en nuestros días.


Luego procede a compartir una parábola que relata la historia de una viuda (por lo regular, una persona sola, completamente desasistida y abandonada, insignificante en lo social, político y económico) ante un juez injusto (18:1-7). Y en esta parábola, al final, el Maestro inserta esa pregunta escatológica: "cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?". Y en esta parábola se nos presenta un caso de injusticia social. De un ente que debe impartir justicia, pero no lo hace, porque no teme a Dios ni a los hombres. Mas sin embargo, por la acción continua y persistente de la viuda exigiendo justicia, este juez injusto e insensible cede y juzga su caso.

La mayoría de los predicadores se van por lo obvio de la parábola de la viuda y el juez injusto, porque el evangelista Lucas hace la acotación que el Maestro compartió esa parábola "sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar" (18:1). Pero lo que la mayoría obvia es que Lucas inserta esta parábola, como dije antes, en el contexto de la enseñanza del Maestro sobre los tiempos finales, sobre la venida del reino de Dios, como parte de la respuesta que Él les da a los fariseos a su pregunta: "cuándo había de venir el reino de Dios" (17:20). Fíjense cómo Lucas conecta la conversación de Jesús con los fariseos y Sus discípulos con la parábola de la viuda, pues coloca una frase conectora "También les refirió" VRV 1995 (Gr. elegen dé kai), con los muy comunes conectores de adición en el Nuevo Testamento en griego: "dé y kai" (Hanna 1997, págs. 70-71). Si quisiéramos ser literales, podríamos traducirlo "Y también les refirió". Que luego también usará para incorporar la otra parábola del fariseo y el publicano (18:9), lo cual nos indica que esa otra parábola también es parte del discurso que el Maestro tuvo con los fariseos preocupados por la venida del reino de Dios.

Usted a estas alturas se preguntará ¿y por qué es importante el contexto? Podría fácilmente decir que, como suele pasar, "un texto fuera de contexto, se convierte en un pretexto"; pero lo que primero deseo resaltar, como suele pasar en la mayoría de las veces es que por lo regular, el contexto explica y amplia el significado o interpretación de un texto o pasaje en estudio. Y nos evita imponerle a las SAGRADAS Escrituras nuestra visión, perspectiva y teología a un texto bíblico. Es decir, nos obliga a RESPETAR la Palabra de Dios y dejarle decir lo que Él y sus autores humanos nos quisieron decir. Este error de obviar el contexto de un pasaje bíblico es sumamente común en muchos predicadores, como común es escuchar las barbaridades bíblicas y teológicas que se exponen en muchos púlpitos de iglesias evangélicas, que dicen ser "fieles a la Palabra de Dios", precisamente, porque en la mayoría de los casos se ignora el contexto de una frase o texto bíblico.

PARÁBOLA DE LA VIUDA Y EL JUEZ INJUSTO
Prosigamos con nuestra reflexión sobre la justicia en tiempos del fin. Dicho lo anterior, entonces la parábola no solo desea enseñar "sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar" (18:1), así a secas; sino la necesidad de orar siempre y no desmayar durante los tiempos del fin, cuando se aproxima la venida del Señor. Hemos visto que el tema de la conversación es sobre la venida del reino de Dios y el Maestro nos informa varias cosas:
1. Que la venida del reino, Su venida, "no vendrá con advertencia" (17:20). Y esto no parece significar que no vendrá sin señales, pues en su primera venida hubo señales tanto en el cielo como en la tierra; y tanto Él como los apóstoles nos dicen que habrán señales previas a Su segunda venida. Así que, podemos concluir que "no vendrá con advertencia" para los que andan en tinieblas, fuera de la luz de la Palabra profética de Dios, a quienes la venida del Señor los tomará "como ladrón en la noche"; pero no así a los hijos de la luz, para nosotros habrá señales y contaremos con la guía de la Palabra y del Espíritu de Dios (Mt. 24:42-44; 1Tes. 5:2-4; 2Pe. 3:10; Ap. 3:3, 16:5).

2. Que el reino está presente donde está el Señor Jesucristo. En el relato Él les dijo "ni dirán: “Helo aquí”, o “Helo allí”, porque el reino de Dios está entre vosotros." (17:21). En nuestros días, el reino de Dios está presente entre nosotros, porque el Señor envió a Su Espíritu Santo para que esté con nosotros todos los días hasta el fin; así que, si Él está en nosotros, también está entre nosotros, lo que significa que Su reino está presente aquí y ahora y no tenemos que solamente esperar por Su venida, pues ya podemos disfrutar de Su presencia, gloria y bendición aquí y ahora. Claro, eso no quita nuestra fe en la esperanza gloriosa, cuando el Señor venga a establecer definitivamente Su reino de justicia y paz para todas las naciones y toda la creación.

3. Que la venida del Hijo del hombre será rápida y repentina. Él la describió bien claro: "porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del hombre en su día" (17:24). Pablo diría "como un abrir y cerrar de ojos" (1Cor. 15:51-52).

4. Que previo a Su venida habrá persecución y tiempos difíciles para el Cuerpo de Cristo, la Iglesia (17:25-30). Y digo el Cuerpo de Cristo, porque Él fue el primero que padeció y sufrió el rechazo de su generación, luego nosotros, Sus seguidores, miembros de Su Cuerpo, nos toca una suerte similar: seremos perseguidos, rechazados y aún ejecutados por mantener firme nuestra fe, la verdad y la justicia del reino de Dios (Jn. 13:15-17; 15:19-20; 16:1-3; Mt. 5:8-12; Lc. 21:11-13).

5. Que previo a Su venida también habrá cierto proceso de "selección" para ser llevados a "donde estuviere el cuerpo" (17:31-37). Este pasaje no es muy claro, y no voy a detenerme mucho en él ahora. Pero el Maestro describe un tiempo de tanta angustia y tribulación, que requerirá de nosotros decisiones y acciones rápidas: "Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará" (17:33). Baste decir, que a mi parecer (y lamentablemente no puedeo extenderme para explicar el por qué), estos versículos describen los momentos previos al Rapto o al Día de la venida del Señor, que en mi opinión acontecerán el mismo día. Ese día cuando Cristo venga en gloria nosotros seremos transformados, nos reuniremos con Él y luego descenderemos junto con Él para juzgar a los reyes y naciones de la tierra y para establecer Su reino eterno de justicia y paz (Ap. 19:11-21).

En este contexto apocalíptico y escatológico es que el Maestro (y Lucas así lo recoge) comparte la parábola de la viuda ante el juez injusto, para ilustrar y enseñar la necesidad de orar siempre y no desmayar durante los tiempos del fin, cuando se aproxima la venida del Señor. Porque, como el Maestro viene enseñando e ilustrando en los versículos previos,que los días del tiempo del fin serán días de mucha tribulación, de inmoralidad, libertinaje e injusticia, pero Él espera que Sus seguidores, al igual que esa viuda, se mantengan orando constantemente y luchando sin desmayar para que haya justicia en la tierra hasta el final. Porque nosotros, como el Señor nos enseñó, somos la luz y la sal de la tierra (Mt. 5:13-16). Y esta verdad quedó claramente comprobada e ilustrada con el episodio de Lot y su familia saliendo de Sodoma y Gomorra; pues, cuando iban saliendo la esposa volteó su rostro para ver la destrucción de la ciudad y se convirtió ¡en una estatua de SAL! (Gén. 19:24-26). El Dios de Abraham tuvo que remover a esta familia, que estaba bajo el pacto y la bendición, para poder juzgar y destruir la iniquidad y maldad de estas dos ciudades. Así también, nosotros seremos trasladados a la presencia del Señor antes que Él desate Sus juicios sobre toda la tierra.

También me llama poderosamente la atención cómo el Maestro ilustra "la necesidad de orar siempre y no desmayar" con una viuda que persistentemente iba y se presentaba ante un juez injusto, para exigir y reclamar que se le hiciera justicia; porque la conducta de fe y oración activa de esta viuda dista mucho de la conducta escapista, conformista y espiritualista de muchos evangélicos de hoy, que pretenden enfrentar las situaciones de injusticia y maldad de nuestros días "solamente orando", sin hacer nada, quedándose encerrados en las cuatro paredes de sus habitaciones, casas o templos, indiferentes y negligentes ante las terribles circunstancias que les rodean. Jesús ilustra "la necesidad de orar siempre y no desmayar" con el ejemplo de una viuda que con fe, constancia y perseverancia enfrentaba su situación de injusticia CON ACCIONES y no meramente con oraciones huecas y vacias, carentes de ninguna decisión y acción pro-activa. Esta valiente y persistente viuda "venía al juez injusto", es decir actuaba, se movía, como dicen algunos "le puso manos y pies a sus oraciones".

Si conectamos la enseñanza que Lucas dice que el Maestro quiere darnos sobre "la necesidad de orar siempre y no desmayar" en los tiempos del fin, entonces pudiéramos decir que el Señor espera que Sus discípulos desplieguen una fe en acción, que oren pero de manera activa y pro-activa ante la inmoralidad, la corrupción y la injusticia que cada vez serán peores, en la medida que nos acerquemos a Su venida. Que aunque tengamos que enfrentarnos a magistrados y gobernadores injustos, debemos orar y actuar con persistencia y constancia para que prevalezca la justicia, y esto deberemos hacerlo hasta el final, cuando seamos removidos de la tierra y entonces venga el juicio final sobre los reyes y naciones de la tierra.

Según el ejemplo que el Maestro nos da sobre "la necesidad de orar siempre y no desmayar" en la parábola de esta viuda, podemos aprender que:

1. Ella (evidentemente podemos inferir), oraba primero a Dios. O sea, exponía primero su causa al Juez del universo. Así que, lo primero que SIEMPRE hay que hacer es orar ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo.

2. Ella venía ante el juez, o sea se movilizaba, iba ante la situación para enfrentarla y resolverla. No se quedaba metida en su cuarto, en su casa ni en el templo "orando"... O sea, a la oración hay que ponerle acción (v. 3).

3. Ella denunciaba la injusticia, expresaba y declaraba pública y abiertamente, la situación injusta que estaba padeciendo. O sea, a nuestra oración contra la justicia le puede acompañar la denuncia pública de esa injusticia (v. 3). ¡Y con ello no nos estamos rebelando ante las autoridades y magistrados! Pues nuestra causa es justa.

4. Ella con su conducta persistente, su constante oración, movilización y denuncia ante el juez injusto y ante la injusticia, logró que este juez le hiciera justicia (v. 5). Y el Maestro nos exhorta a prestarle atención a la declaración del juez injusto. Y a meditar en el corazón de nuestro Padre celestial: "¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia." (v. 7-8a). Dios no es como ese juez o gobernante injusto, Él ama a Sus hijos y les responderá pronto, en su tiempo y de acuerdo a Su voluntad.

Por eso, el Maestro lanza esa pregunta escatológica que resuena por las edades: "Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?" (18:8). ¡Y yo creo que sí la hallará! Yo creo que el Maestro nos está diciendo que cuando Él venga por segunda vez encontrará a un grupo de Sus discípulos orando siempre y no desmayando, aún en medio de una sociedad injusta, en medio de una generación maligna y perversa, porque Él nos ha dado de Su gracia y Espíritu para perseverar y vencer, y así poder obtener el galardón (Ap. 2:2, 3, 19; Mt. 10:22; 24:13; 25:1-13; Mr. 13:13). Y Él es fiel para completar la buena obra que comenzó en nosotros hasta el día de Jesucristo (Fil. 1:6).

PARÁBOLA DEL FARISEO Y EL PUBLICANO
Pero para vencer, para perseverar hasta el fin, debemos poner nuestra confianza y fe solo en nuestro Redentor y Salvador, en nuestro Señor Jesucristo. Y creo que eso es lo que el Maestro quiso ilustrar con la segunda parábola en esta conversación sobre la venida del reino de Dios (Lc. 18:9-14). En esta parábola Él compara la conducta religiosa de un fariseo y la de un publicano (o recolector de impuestos), en nuestro contexto actual pudiera ser un empleado público del SENIAT.

El Maestro nos enseña a través de esta otra parábola que, para poder vencer la injusticia de los tiempos del fin, previos a Su segunda venida, necesitamos abandonar el inútil intento de alcanzar nuestra propia justicia religiosa, y más bien debemos abrazar la justicia y la misericordia que Dios nos da o nos ofrece a través de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Él nos enseña que quienes alcanzarán la justicia del reino serán aquellos que reconozcan rápidamente su pobreza y necesidad espiritual en un genuino acto de arrepentimiento y conversión al Dios vivo; mientras que aquellos "piadosos", que creen que por sus conductas y prácticas religiosas ya tienen el reino y el cielo ganado, sufrirán una gran decepción y pérdida el día de la venida del Señor, quien viene a juzgar a todos los hombres, a los reyes y a las naciones.

Así que, la justicia en tiempos del fin será aquella que estará fundamentada en una fe Cristo-céntrica, dependiente de Cristo y solo de la gracia de Cristo manifestada por nuestra fe en Su obra en la cruz y en la victoria de Su resurrección; estará basada en una oración constante, persistente, activa y desafiante ante toda especie de mal e injusticia que haya en nuestra sociedad o en las naciones; y manifestará una actitud humilde ante Dios y ante los poderosos de la tierra, sean estos magistrados o gobernantes. "Porque cualquiera que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido." (Lc. 18:14)

¡Que el Señor nos encuentre así el día de Su venida, con fe, esfuerzo, constancia y valor hasta el final!


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LA PALABRA DE FE QUE PREDICAMOS II

LA PALABRA DE FE QUE PREDICAMOS Parte II
Por John Piper | Tópico: Historia de la Redención
Serie: Romanos: La Carta más Grandiosa Jamás Escrita


Romanos 10:5–13
"Porque Moisés escribe que el hombre que practica la justicia que es de la ley, vivirá por ella. 6 Pero la justicia que es de la fe, dice así: No digas en tu corazón: “¿Quien subirá al cielo?” (esto es, para hacer bajar a Cristo), 7 o “¿Qui­én descenderá al abismo?” (esto es, para subir a Cristo de entre los muertos). 8 Mas, ¿qué dice? Cerca de ti esta la palabra, en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de fe que predicamos: 9 que si confiesas con tu boca a Jesúspor Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo; 10 porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación. 11 Pues la Escritura dice: Todo el que cree en El no será avergonzado. 12 Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos, abundando en riquezas para todos los que le invocan; 13 porque: Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo." 


En esta mañana seríamos infieles a este texto en los versículos 9-13 si no lo predicamos y lo escuchamos teniendo en cuenta que es asombrosamente expansivo, incluyente, bondadoso, libre, abundante y fascinante. Dentro de unos minutos nos enfocaremos en tres verdades en estos versículos que nos instan a alcanzar el superabundante, misericordioso y generoso corazón de Dios.

Podemos expresar estas tres verdades con tres palabras: invocar, todos y riquezas. Y si usted desea que esta tercera rime, entonces utilice «bendecidos». Las tres verdades son:
1. Venir a Cristo para salvación, que es simplemente creer en Cristo y está expresado en la frase “invoque el nombre del Señor” o confiese al Señor.

2. Dios nos invita a «todos» a invocarlo, no importa de que cultura, religión o raza seamos, de esta manera podemos venir a él.

3. Y cuando alguien venga a él, encontrará todas la “riquezas” de Dios. Es decir, Dios bendice a los que le invocamos, con todas las riquezas que él es para nosotros en Cristo Jesús.

Ahora veremos estas tres verdades. Pero primero asegurémonos de estar alineados con el pensamiento del apóstol Pablo, de modo que hagamos el énfasis adecuado mediante el Espíritu Santo.

Repasemos Lo Que Hemos Aprendido En Romanos 9 y 10 Hasta El Momento

Romanos 9:1-23 nos explica magistralmente por qué tan pocos en Israel son salvos ¿Por qué hay tan pocos israelitas naturales incluidos en el verdadero Israel espiritual? Respuesta: porque el propósito de Dios con respecto a la elección, sin importar la identidad étnica o las obras que hagamos (9:11-12), decide en última instancia quienes son las vasijas de misericordia. “Porque no todos los descendientes de Israel son Israel; 8 Esto es, no son los hijos de la carne los que son hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son considerados como descendientes” (Romanos 9:6, 8).

La libertad de elección de Dios permite que los gentiles puedan pertenecer al verdadero Israel. Pablo va directo hacia esta posibilidad en Romanos 9:24-29, y dice que los gentiles están incluidos en el verdadero Israel de Dios. El versículo 24 dice: “Nosotros, a quienes también llamó, no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles”. Esta asombrosa verdad es la preocupación de Pablo durante el resto del capítulo nueve y el diez: ¿Por qué hay tantos judíos que no están incluidos en el verdadero Israel mientras muchos gentiles sí lo están?

Esta vez su respuesta no es la elección (como en el 9:1-23). Esta vez la respuesta es la justificación por fe. Los gentiles están viendo y recibiendo con gozo esta justificación, pero Israel está tropezando porque todavía abraza la justificación por obediencia a los mandamientos y no por la fe en el Mesías.

Hagamos una pausa para sentir el asombro y el gozo que sintieron aquellos gentiles del primer siglo cuando escucharon las noticias de que por fe podrían ser justificados, ser parte del pueblo del pacto y heredar todas las promesas del Dios de Israel ¡Habían sido excluidos por tanto tiempo! No eran gentiles solo étnicamente sino que eran inmundos e incircuncisos, “excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza, y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12b). Escuche lo que sucede, según Hechos 13: 46-48, cuando Pablo les predica la gracia en Antioquía de Pisidia.

Entonces Pablo y Bernabé hablaron con valor y dijeron: "Era necesario que la palabra de Dios os fuera predicada primeramente a vosotros; mas ya que la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles.  Porque así nos lo ha mandado el Señor. 'Te he puesto como luz para los gentiles, a fin de que lleves la salvación hasta los confines de la tierra'."

El Fundamento De La Entrada Al Verdadero Israel

Desde Romanos 9:30 hasta el 10:8 Pablo explica tres veces por qué los gentiles estaban entrando en el verdadero Israel y los judíos se alejaban cada vez más. En cada ocasión se aborda a la justificación por obras confrontándola con la justificación por la fe. Observe cada explicación de Pablo. Esto debiera hacernos saltar de gozo, al ver claramente cuál es el fundamento de nuestra entrada a la familia de Dios.

Primero, Romanos 9:30-32: “¿Qué diremos entonces? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, alcanzaron justicia, es decir, la justicia que es por fe;  pero Israel, que iba tras una ley de justicia, no alcanzó esa ley.  ¿Por qué? Porque no iban tras ella por fe, sino como por obras. Tropezaron en la piedra de tropiezo”. La problemática es: ¿cuál justicia cree usted que cuente a la hora de entrar en la familia de Dios?

Segundo, Pablo repite la explicación en Romanos 10:3-4: “Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios.  Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree”.

Tercero, y vuelve a explicárnoslo en Romanos 10:5-8, el texto que vimos la semana pasada. No lo analizaremos de nuevo, pero observe estas dos frases. El versículo 5: “Porque Moisés escribe que el hombre que practica la justicia que es de la ley, vivirá por ella”. Y luego, Pablo hace un contraste con el versículo 6: “Pero la justicia que es de la fe, dice así: No digas en tu corazón: “¿Quien subirá al cielo?” (esto es, para hacer bajar a Cristo)”. Este es el tema en conflicto: la justicia de la ley o la justicia de la fe.

Entonces, ¿por qué hay tantos israelitas que no pertenecen al verdadero Israel espiritual y sin embargo, hay tantos gentiles que sí? La primera respuesta de Pablo en Romanos 9:1-23 hace referencia al propósito de Dios con respecto a la elección. Y la segunda respuesta de Pablo explica que Israel, en general, rechazó a Cristo como su justicia mientras muchos gentiles abrazaron la justicia de Cristo mediante la fe.

¡Los Gentiles Están Incluidos!

Entonces ocurre algo sorprendente, ¡mientras nos adentramos en los versículos 9-13, Pablo hace un gigantesco énfasis diciendo que los gentiles están incluidos! ¡Los gentiles están incluidos por gracia, a través de la fe en Cristo! Esta es la idea que predomina a medida que profundizamos en estos versículos. Y para persuadirnos y fortalecer y afirmar su causa, Pablo cita dos textos más del Antiguo Testamento, Isaías 28:16 en el versículo 11 y Joel 2:32 en el versículo 13.

Estos textos del Antiguo Testamento son tan relevantes porque incluyen los tres puntos a los que hice referencia al principio; muestran el corazón de Dios, superabundante, misericordioso y generoso. Recuerde esas tres palabras: invocar, todos y riquezas (o mejor, bendecidos).

1. Venir a Cristo para salvación, que es simplemente creer en Cristo y está expresado en la frase “invoque el nombre del Señor” o confiese al Señor.

2. Dios nos invita a «todos» a invocarlo, no importa de que cultura, religión o raza seamos, de esta manera podemos venir a él.

3. Y cuando alguien venga a él, encontrará todas la “riquezas” de Dios. Es decir, Dios bendice a los que le invocamos, con todas las riquezas que él es para nosotros en Cristo Jesús.

Invocar al Señor

Primero veamos el Nº1 –creer en Cristo expresado en la frase «invoque el nombre del Señor» o «confiese al Señor». Pablo desarrolla el primer tema en los versículos 9-10: “Que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo;  porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación”. Pablo menciona: el corazón y la boca, en estos dos versículos porque que vio dos verdades en Deuteronomio 30:14, texto que cita en el versículo 8: “Mas, ¿qué dice? [la justicia que es por la fe] Cerca de ti esta la palabra, en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de fe que predicamos”.

Recuerde lo que vimos la semana pasada, Pablo ve que los versículos citados señalaban hacia Cristo. Él puso a Cristo en lugar del mandamiento porque creyó que el mandamiento señalaba a Cristo, el perfecto Guardador de los mandamientos. Ahora, él dice en el versículo 8 que esta palabra de Cristo (esta realidad de Cristo) está en nuestra boca y en nuestro corazón. ¿Qué quiso decir? Podemos ver el pensamiento de Pablo en el versículo 10: ¿qué hace nuestro corazón con Cristo? Le cree ¿Y qué hace nuestra boca con Cristo? Lo confiesa. Para eso es nuestro corazón y nuestra boca. El corazón cree, y la boca confiesa lo que el corazón cree, “es decir, la palabra de fe que predicamos” (v.8).

Entonces Pablo hace la gran conclusión en el versículo 9- un texto precioso del evangelio que todos amamos mucho: “Que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” ¿Cómo pueden los gentiles entrar en la familia de Dios? Creyendo en su corazón lo que es cierto acerca de Cristo, y confesando con su boca lo que el corazón cree, no importan las distinciones étnicas, ni culturales ni las obras de la ley.

Ahora tenga cuidado aquí: la boca no está en conflicto con el corazón. Y el corazón no se queda atrás cuando la boca habla. Pablo no quiso decir: «crea simplemente que Dios levantó a Jesús de entre los muertos y no tiene que confesar que él es el Señor»; y tampoco quiso decir: si confiesa que Jesús es el Señor ya no tiene que creerlo en su corazón. No, ¡la boca confiesa lo que el corazón cree, y desde el principio el corazón cree que Dios levantó a Jesús de entre los muertos, que Jesús es el Señor! La resurrección es la vindicación de Dios a todo lo que Jesús consumó en su vida y en su muerte. Jesús consumó el triunfo sobre nuestra culpa, sobre nuestra condenación, sobre nuestra muerte, sobre Satanás y sobre el infierno. Y ahora, como el conquistador levantado sobre todos sus enemigos, Dios le dio un nombre que es sobre todo nombre: Señor.

Compréndalo. Porque, aunque había muchos señores y muchos dioses (1ra a los Corintios 8:5), Jesús no era un Señor en medio de muchos. “Señor” (kurios) fue la palabra que el Antiguo Testamento griego utilizó para traducir el nombre personal de Dios, Yahvé (Jehová). Y, más importante aún, en el versículo 13 Pablo escribe Jesús precisamente donde decía Jehová en Joel 2:32: porque: “Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”. Es asombroso que ser cristiano signifique confesar que Jesús es Dios -no un dios. Jesús es Señor -el Señor. No un señor. Es lo que un cristiano cree.

Pablo, en los versículos 11-13, no deja de hablar del corazón y de la boca. Es decir, él habla, en el versículo 11, acerca de lo que hace el corazón y, en los versículos 12-13, de lo que hace la boca. En el versículo 11 el corazón cree: “Todo el que cree en El no será avergonzado”. Y en los versículos 12-13 la boca confiesa: “Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos, abundando en riquezas para todos los que le invocan;  porque: Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”.

Entonces podemos resumir esta primera verdad («invocar al Señor») de la siguiente manera: Venir a Dios para salvación significa creer en Cristo en nuestro corazón por todo lo que ha hecho por nosotros, y luego expresar esta fe con nuestra boca confesándolo y llamándolo Señor.

Dios Invita a Todos
Segundo, después de la palabra “invocar”, vimos la palabra “todos”. Los gentiles estamos incluidos en el verdadero Israel, porque creemos y confesamos a Jesús en lugar de afianzarnos a las obras de la ley, estamos incluidos porque la invitación es para todos. Esta verdad se evidencia en los versículos 11, 12 y 13. Y esta es la idea que Pablo enfatiza porque añade la palabra “todo” a la cita de Isaías 28:16 en el versículo 11, aunque no la añadió en Romanos 9:33. Versículo 11: “Pues la Escritura dice: Todo el que cree en El no será avergonzado”.

Entonces el versículo 12 subraya esta idea: “Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos, abundando en riquezas para todos los que le invocan”. Y entonces el versículo  lo reafirma: “Porque: Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”.

Aquí la idea central de Pablo es: «Sí, en un sentido, es sorprendente que los gentiles puedan ser incluidos en el verdadero Israel. Sí, es sorprendente que la invitación de Dios a confiar en Cristo (el Mesías judío) como Dios y a ser parte de la familia del pacto se le brinde indiscriminadamente a todas las personas de todas las razas, religiones y culturas». Pero Pablo está tratando de explicarnos que cuando entendamos a cabalidad el significado del Antiguo Testamento, no nos sorprenderá la posibilidad de que los gentiles puedan ser parte de la familia del pacto. Isaías 28:16; Joel 2:32; Oseas 1:10; 2:23 y Romanos 9:25-26, señalan hacia el corazón de Dios, expansivo, inclusivo, bondadoso, libre, generoso y cautivador.

Así como Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree, así también el fin del Antiguo Testamento fue ofrecernos el camino hacia la salvación. Es por eso que usted y yo somos salvos, y es por eso que estamos comprometidos con las naciones.

Las Riquezas De Su Gloria
Finalmente, Pablo hace un marcado énfasis en «todos», en nuestra fe, confesión y llamado, para llevarnos a las riquezas de Dios- Dios nos está bendiciendo con todo lo que él es para nosotros en Jesús ¿Qué es lo que recibimos cuando creemos en Cristo con nuestro corazón y lo confesamos con nuestra boca? Cada uno de estos 5 versículos (9-13) nos da una respuesta a esa pregunta. Tomo la palabra riquezas del versículo 12: “Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos, abundando en riquezas para todos los que le invocan”. Pongo este versículo primero porque pienso que resume y tiene más profundidad que los otros.

Las riquezas de Dios no son principalmente tesoros terrenales, a pesar de que él es muy generoso cuando nos bendice materialmente, él satisface nuestras necesidades terrenales una y otra vez. Las riquezas de Dios son esencialmente las que más necesitamos, y las que nos satisfacen más profunda y permanentemente -no se tratan de bienes, posesiones, juguetes, carros, casas, tierras, negocios e inversiones-, estas posesiones, no satisfacen el corazón y no duran ¿Cuáles son las riquezas de Dios?

La riqueza de Dios es la salvación según los versículos 9, 10 y 13. Versículo 9: “Si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo”. Versículo 10b: “…Con la boca se confiesa para salvación”. Versículo 13: “Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo” ¡Salvo, salvo, salvo! ¿Pero de qué? Salvo de la culpa, salvo de la condenación, de la ira de Dios, salvo del infierno y salvo del pecado. Estas son riquezas preciosas más allá de todo precio. Pero todas son negativas. Están dejando algo detrás, no ganando algo.

Las riquezas del versículo 11 son también negativas, gloriosamente negativas: “Pues la Escritura dice: Todo el que cree en El no será avergonzado”. Las riquezas de Dios no incluyen vergüenza. Los hijos de Dios serán revelados por lo que son realmente (Romanos 8:19). Aquí en la tierra pueden ser la escoria del mundo. Aquí pueden ser avergonzados repetidas veces como le pasó a Pedro en Hechos 5:41, pero, recuerden lo que Jesús dijo: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí.  Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande” (Mateo 5:11-12). Nuestras riquezas son grandes. Ellas revocarán toda vergüenza. Seremos vindicados a su debido tiempo.

De hecho, a los ojos de Dios, ya estamos vindicados. De estas riquezas se habla en el versículo 10a: “Porque con el corazón se cree para ser justificado” [NVI], o literalmente: “con el corazón se cree para justicia”. Cuando nuestro corazón despierte para ver y abrazar a Cristo como nuestra justicia, inmediatamente estaremos en él y la justicia de él nos será imputada. ¡Esto sí es riqueza! ¡Es mejor ser justos delante de Dios con la justicia de Cristo, que tener todas las riquezas del mundo y presentarnos ante Él en nuestra propia justicia!

¿El derecho de pararnos frente a él en la justicia de Cristo, sin culpa, sin condenación y sin vergüenza es la suprema riqueza de Dios? No. Todo esto apunta hacia la suprema riqueza. La suprema riqueza de Dios es, como dice Romanos 9:23: “las riquezas de su gloria”. Las riquezas de Dios son las riquezas de verle, conocerle, admirarle y disfrutarle por siempre. Él, en sí mismo, es el resumen de las riquezas que tenemos en Cristo. Pablo estima todo como pérdida por el valor excepcional de conocer a Jesucristo -la misma imagen de Dios.

La Palabra de Dios Para Usted
La Palabra de Dios para usted en esta mañana es que todas las riquezas del perdón, de la justificación, de la liberación de la culpa, de la condenación, de la vergüenza, y toda la comunión de Dios se extienden gratuitamente hacia usted -sin importar su procedencia. ¡Oh, escuche el corazón expansivo de Dios!, él no nos ofrece esta comunión sobre el fundamento de las obras o con la condición de que alcancemos un modelo determinado. Nos ofrece esta comunión sobre el fundamento de Cristo, siempre que creamos que Dios levantó a Jesús de entre los muertos y expresemos que Jesús es el Señor. Confíe en él hoy, invoque su nombre y cuéntele a alguien que Jesús es el Señor.

Fuente:
Desiring God

Si desea leer la Primera parte de este mensaje, puede hacer click aquí.

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LA PALABRA DE FE QUE PREDICAMOS I

LA PALABRA DE FE QUE PREDICAMOS Parte I
Por John Piper | Tópico: Historia de la Redención
Serie: Romanos: La Carta más Grandiosa Jamás Escrita

Romanos 10:5–13

"Porque Moisés escribe que el hombre que practica la justicia que es de la ley, vivirá por ella.  Pero la justicia que es de la fe, dice así: No digas en tu corazón: “¿Quien subirá al cielo?” (esto es, para hacer bajar a Cristo),  o “¿Quien descenderá al abismo?” (esto es, para subir a Cristo de entre los muertos).  Más, ¿qué dice? Cerca de ti esta la palabra, en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de fe que predicamos:  que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo;  porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación.  Pues la Escritura dice: "Todo el que cree en El no será avergonzado."  Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos, abundando en riquezas para todos los que le invocan;  porque: "Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”. 

Sería razonable si alguien preguntara: ¿Por qué Estados Unidos se pasa el tiempo en la actualidad, en pleno siglo XXI, pensando en el problema con Israel? Sobre todo en el problema con el antiguo Israel de los tiempos bíblicos. Aquel Israel está tan distante del terrorismo en Riyadh y Casablanca, de la inanición en Etiopía, de las graves neumonías en Taiwan y Toronto, parece tan alejado de los déficits presupuestarios y de las economías aplastadas, de las bajas tasas de interés y de un posible baño de sangre en la República del Congo entre las tribus Hema y Lindu.

En Romanos capítulos 9 al 11 se trata principalmente con el problema del fracaso de Israel en encontrar la justicia ante Dios y por consiguiente, la salvación y la vida eterna. El resto del mundo, los llamados gentiles se exponen en Romanos 9:24 y se mantienen expuestos durante el resto del tiempo, sin embargo, ocupan un segundo lugar en la mente de Pablo a lo largo de estos versículos. El asunto principal, una y otra vez, es: ¿es acaso Israel el pueblo elegido por Dios? Y si es así, ¿que fue lo que falló? ¿Por qué debiera importarnos esto?

Israel: El Microcosmos Histórico de la Conciencia del Mundo
Permítame enfocarme en la razón principal. Según el esquema de Dios, Israel es el microcosmos histórico de la conciencia del mundo, como también es el microcosmos de la conciencia de todos ustedes. Israel es el teatro histórico donde el drama de cada alma humana es escenificado a la vista de todos. Lo que sucede espiritualmente dentro de usted - y dentro de cada persona –ha sucedido en Israel a lo largo de su historia. La historia es narrada de manera que podamos vernos a nosotros mismos y de que podamos hacer entender al mundo. Si usted quiere saber cuál es su propia condición espiritual ante Dios, como ser humano; si quiere conocer los más grandes problemas del mundo, usted puede aprenderlo mirando la historia de Israel según es interpretada en la Biblia.

Describo esta verdad partiendo de Romanos 3:19. Allí Pablo dice: "Ahora nosotros sabemos que lo que la ley dice [es decir, la ley del Antiguo Testamento para Israel] lo dice a los que están bajo la ley [es decir, Israel], para que cada boca sea callada, y todo el mundo se mantenga responsable delante de Dios." ¿Ve lo que sucede? Dios trata con Israel en su ley no sólo para tener las cuentas claras con Israel, sino para tener las cuentas claras con "el mundo entero". Dios le dice esto a Israel: "cada boca debe ser callada". La de usted y la mía. Israel es un microcosmos de nuestra conciencia. Israel es un teatro donde podemos mirar nuestras propias luchas espirituales escenificadas en la historia, aprender lo que ellas significan y cómo responder ante ellas. Ésta es una de las razones por la cual la iglesia primitiva nunca dejó el Antiguo Testamento, a pesar de que ya Cristo había venido y había cumplido a cabalidad todas las esperanzas del Antiguo Testamento.

Israel Como Microcosmos Explicado En Cinco Pasos
Permítame intentar explicar este microcosmos, este teatro, un poquito más ampliado en cinco pasos.

Primero, cada corazón humano tiene en sí un modelo de la ley de Dios escrito en él. Pablo dice en la carta a los Romanos 2:15:

Refiriéndose a los gentiles “…ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos…”

Así que tenemos dentro, escrito en nuestros corazones un modelo de la ley de Dios; mientras que Dios le dio a Israel un modelo de la ley escrito en el Antiguo Testamento. El nuestro es invisible. El de Israel es visible y legible.

Segundo, todos fallamos en guardar la ley que se nos dictó. Pablo dice en Romanos 3:9:

“¿Entonces qué? ¿Somos nosotros mejores que ellos? De ninguna manera; porque ya hemos denunciado que tanto judíos como griegos están todos bajo pecado”.

Así que no sólo tenemos un modelo de la ley escrito en nuestros corazones, que Israel tenía por escrito en el Antiguo Testamento, sino que nosotros y ellos, los dos fallamos en guardarlo. Todos pecamos. Pero el pecado de Israel es más claro, porque nosotros podemos ver la ley que ellos quebrantaron. Está escrito en la historia. La ley escrita en nuestro corazón no es visible, así es que nuestra desobediencia y rebelión es grave. ¡Pero no es evidente! Israel es el teatro visible dónde usted puede ver plasmado, en la historia, lo que realmente está viviendo.

Tercero, todos sabemos que no cumplimos la ley de Dios escrita en nuestros corazones, y nuestra conciencia nos condena.

E intuitivamente, sabemos que esta condenación es un eco de la condenación de Dios que es aun más severa y justa. La voz de la conciencia - tan débil e imperfecta como es - es el eco del juicio de Dios. Y cuando vemos a Israel juzgado bajo la mano de Dios en la historia, estamos viendo una representación de nuestra propia situación ante Dios. Cuando sus bocas se callan, las nuestras se callan.

Cuarto, el remedio por la culpa de Israel y la condenación es adecuado a nosotros, porque el propósito de Dios es que su manera de salvar a los pecadores culpables sea la misma para Israel Y para el mundo - pero nosotros lo aprendemos mejor mirando el la represetación teatral de la historia de Israel.

El remedio de Dios no es hacernos buenos cumplidores de la Ley, sino poner en nosotros la fe en el que cumple la ley, en la muerte y en la resurrección de Jesucristo. Atendiendo a Romanos 3:28-30:
“Porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley. 29 ¿O es Dios el Dios de los judíos solamente? ¿No es también el Diosde los gentiles? Sí, también de los gentiles, 30 porque en verdad Dios es uno, el cual justificará en virtud de la fe a los circuncisos y por medio de la fe a los incircuncisos”.

En otros términos, podemos ser salvos de la violación de la ley y de la condenación mediante la "justificación por la fe, no por obras", y esto significa que el camino está abierto para todas las naciones, para Israel y para todo el mundo.

Usted puede ver lo mismo justo en nuestro texto, Romanos 10:11-13:
“Pues la Escritura dice: Todo el que cree en El no será avergonzado. 12 Porque no hay distinción entre judío y griego, pues el mismo Señor es Señor de todos, abundando en riquezas para todos los que le invocan; 13 porque: Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo”. 
El punto es: "todo el que cree" en Cristo será justificado ante el tribunal de Dios. Y esa justificación es solo por fe, por consiguiente la salvación de la culpa y la condenación universal están disponibles para Israel y para todas las naciones.

Hemos visto cuatro maneras de cómo Israel es la representación histórica del drama de nuestras propias vidas ante Dios:
1. Tenemos la ley de Dios escrita en nuestros corazones, e Israel tiene la ley de Dios escrita en la historia para que todos podamos leerla.

2. Nosotros fallamos en cumplir nuestra ley invisible, y la ley fracasó al no permanecer como una ley visible y escrita para que todos la observáramos.

3. Nos condenamos por nuestra conciencia que nos dicta justa sentencia y que es el eco más severo de Dios, nuestra conciencia es condenada visible y públicamente por Dios.

4. El remedio ofrecido a Israel es la fe en el Mesías, que proporciona una justicia que ellos mismos no podrían proveerse y esta justicia también está absolutamente preparada para nosotros los gentiles. Así la historia de Israel y nuestra historia personal interior se conectan en Jesús. Su historia señalaba a Jesús, y nuestras luchas espirituales señalaban a Jesús.

¿Qué nos lleva a una última ilustración de Israel como la representación histórica del drama de nuestras vidas?

Quinto, Pablo describe porque Israel no entendió el remedio, la fe en Jesucristo, fue para que no cometiéramos el mismo error, y para que ellos pudieran encontrar su camino de regreso.

Ahora, estamos aquí, en Romanos 10:5-13. He empezado de esta manera para que usted pueda ver por qué este texto debiera importarle. Pablo está tratando de explicarnos por qué Israel no entendió el objetivo de su propia ley. Su propósito es que entendamos el objetivo de esa ley o el objetivo de la ley escrita en nuestros corazones. Ellos leyeron su historia y no vieron el objetivo. ¿Usted está leyendo su propia historia y no está percibiendo el objetivo? ¿Sabe cual es el propósito de sus fracasos, de su conciencia y de sus sentidos de culpa? ¿Ha observado el trato de Dios con Israel y ha aprendido acerca del trato de Dios con usted?

Debemos detenernos y contemplar por un momento esta maravillosa obra de Dios. ¿El Dios Todopoderoso, el Creador del universo, Gobernante de todas las cosas, ha intervenido en la historia durante los últimos 4,000 años para tratar con un pueblo llamado Israel? - ¿Para qué? - para que el mundo entero pueda reconocerse en ellos mismos, en sus luchas, en su Hacedor y en la forma de salvación por Cristo. Él trata con el microcosmos por amor al macrocosmos. Él trata con un pueblo pequeño por amor a todos los pueblos. Él interviene en una historia visible por amor a las almas invisibles, por amor a las mentes y corazones que están deprimidos con la culpa y la condenación. ¿No es maravilloso que la historia de Israel - contada en la Biblia – trate acerca de usted? ¿Que trate acerca de manteneros íntegros ante un Dios santo, y que trate sobre el cambio que debe haber en nosotros?

Así que en definitiva resulta que el trato de Dios con Israel sí se relaciona con la ira y la pena del terrorismo, se relaciona con las severas neumonías, con el dolor y los miedos que traen consigo, se relaciona con una mala economía, con su desempleo, sus desalientos y penalidades, el trato de Dios con Israel se relaciona con la rabia tribal seguida de la venganza y los rencores - porque la historia entera de Israel, su fracaso, está llevándonos a Cristo para recibir perdón, justicia y para ayudar a todo aquel que cree.

La Manera En Que Israel No Entendió El Objetivo De Su Historia (Versículos 5-8)

Así que pregunto, ¿usted ha evitado el error de Israel, o está cometiendo el mismo error? Veamos cómo Pablo nos muestra en los versículos del 5-8 la manera en que Israel no entendió el objetivo de su historia. Pablo ya expuso el objetivo en Romanos 10:3-4. Israel impuso su propia justicia a pesar de que ya existía la de Cristo:
“Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. 4 Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree”.

Israel falló en ver que su ley, su historia, tenía el propósito de llevarlos hacia Cristo para justicia por la fe, no por obras.

Ahora, en los versículos 5-8 Pablo ilustra este fracaso en el Antiguo Testamento. Debemos mirar la historia de Israel y asegurarnos de no cometer el mismo error usando la ley de Israel o la ley escrita en nuestros propios corazones. Lo que Pablo dice aquí es que el Antiguo Testamento enseñó dos tipos de justicia: La justicia de la ley y la justicia de la fe en Cristo.

La Justicia de La Ley
Pablo ilustra el primer tipo de justicia en el versículo 5 citando Levítico 18:5:
“Porque Moisés escribe que el hombre que practica la justicia que es de la ley, vivirá por ella”. 

En otros términos, Pablo dice que Moisés entendió el principio de que la obediencia perfecta a la ley les resultaría en la vida eterna de Dios. Si confiáramos en él y por su gracia nunca pecáramos, seríamos salvos y tuviéramos la vida eterna.

Ambos, Pablo (Romanos 3:9-10; 3:23) y el Antiguo Testamento (1er libro de los de Reyes 8:46) están absolutamente de acuerdo en que nadie gana la vida eterna de esta manera, porque todos pecamos. Pero el principio, la demanda original y suprema de Dios es la fe perfecta y sin pecado - ese principio es totalmente esencial- ninguno de los sacrificios del Antiguo Testamento, o la cruz de Cristo, tiene sentido sin esta perfecta fe. La justicia por medio de la perfecta fe sin pecado haría una fe perfecta ajustada a la medida de la vida eterna. Usted puede verlo en Gálatas 5:3: “Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a cumplir toda la ley”. En otras palabras, si usted quiere la "justicia de la ley", debe guardar perfectamente toda la ley, por medio de una fe perfecta (vea Números 14:11; 20:12). Pero nadie nunca ha estado a la altura de este modelo, excepto uno.

La Justicia de La Fe
Todos estos planteamientos expuestos en el párrafo anterior nos llevan al otro tipo de justicia, llamada, justicia por la fe en Cristo. Pablo ilustra esta justicia en los versículos 6-8 refiriéndose a Deuteronomio 30:11-14. Recuerde, esto es lo que Pablo está explicando desde el versículo 4: “Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree”. ¿Cómo ilustra esto a partir de Deuteronomio 30?  Escuche mientras leo los versículos originales de Deuteronomio 30:11-14. ¡Su mensaje es que la ley es asequible!

"Este mandamiento que yo te ordeno hoy no es muy difícil para ti, ni fuera de tu alcance.  No está en el cielo, para que digas: '¿Quién subirá por nosotros al cielo para traérnoslo y hacérnoslo oír a fin de que lo guardemos?'  Ni está más allá del mar, para que digas: '¿Quién cruzará el mar por nosotros para traérnoslo y para hacérnoslo oír, a fin de que lo guardemos?'  Pues la palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la guardes."

Para Pablo este texto señala en dirección a Cristo como nuestra justicia. Él dice que este texto realmente se refiere a "la palabra de fe que nosotros proclamamos" (v. 8), es decir, la fe en Cristo. Escuche la manera en que Pablo lo relaciona con Cristo en Romanos 10:6-8:
"Pero la justicia que es de la fe, dice así: No digas en tu corazón: “¿Quien subirá al cielo?” (esto es, para hacer bajar a Cristo),  o “¿Quien descenderá al abismo?” (esto es, para subir a Cristo de entre los muertos).  Mas, ¿qué dice? Cerca de ti esta la palabra, en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de fe que predicamos”. 

Ahora bien, ¿cómo ve Pablo a Cristo en este pasaje? Esta es la pregunta decisiva. Y recuerde que el fracaso de Israel en percatarse de este tipo de cosas es la representación histórica a partir de la cual debemos aprender acerca de nuestras propias almas y de nuestra propia salvación.

¿Cómo Señala a Cristo Deuteronomio 30:11-14? (Cuatro Pasos)
Estas son las cuatro etapas que Pablo utiliza en Deuteronomio 30:11-14 para señalar a Cristo como nuestra justicia (Romanos 10:4).

1. Pablo supo del Antiguo Testamento, por experiencia y por inspiración, que todas las personas pecan, y ninguna es justa (Romanos 3:9-10). 1er libro de Reyes 8:46: “…pues no hay hombre que no peque…”. Por consiguiente, supo que había algo extraño sobre esta declaración aparentemente simple en Deuteronomio 30:11: “Este mandamiento que yo te ordeno hoy no es muy difícil para ti, ni fuera de tu alcance”. El mandamiento había demostrado ser demasiado duro para todos en el mundo, incluso para el más fiel. Y hubiera demostrado esta dureza incluso en los propios días de Pablo.

2. Cuando Pablo, en el versículo 6, utiliza las palabras: "no digas en tu corazón", está citando a Deuteronomio 9:4 donde Dios advierte a Israel: “No digas en tu corazón cuando el Señor tu Dios los haya echado de delante de ti: “Por mi justicia el Señor me ha hecho entrar para poseer esta tierra”, sino que es a causa de la maldad de estas naciones que el Señor las expulsa de delante de ti”. En otras palabras, Pablo sabía que el regalo de la tierra prometida no era debido a lo fácil que era guardar los mandamientos. No era debido a alguna justicia humana. Era por a la gracia totalmente inmerecida de Dios, independientemente de cualquier esfuerzo humano. Pablo ve en todo esto una ilustración que representaba cómo la justificación viene al creyente, una representación de cómo entramos en la tierra prometida del favor de Dios.

3. Unos versículos antes (Deuteronomio 30:6) Pablo dice que la obediencia perfecta y eventual de Israel sólo vendrá en el día que Dios cumpla su nuevo pacto, donde cambiará el corazón de Israel, perfecta y totalmente. Moisés escribe: “Además, el Señor tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas”. Seguramente Pablo leyó este texto con Cristo en la mente. Cristo traería la circuncisión para que aprobáramos. Su sangre sería la sangre del nuevo pacto (Lucas 22:20). Algún día no solo habrá una justificación perfecta, también habrá una santificación perfecta. Los mandamientos realmente serán fáciles, algún día. ¡A través de Cristo!

4. Ahora Pablo, partiendo el contexto inmediato y distante, se preparó para ver a Cristo implícito en Deuteronomio 30:11-14. Cada vez que Moisés dice que el mandamiento es fácil y cómodo, Pablo lo sustituye por Cristo. Mire el versículo 6:
“Pero la justicia que es de la fe, dice así: No digas en tu corazón: “¿Quien subirá al cielo? [AT: “¿para traérnoslo y hacérnoslo oír a fin de que lo guardemos?” [Pero Pablo dice] NT: (esto es, para hacer bajar a Cristo)”. 

Pablo sustituye a Cristo en lugar del mandamiento. Entonces, en el versículo 7 Pablo continúa. Ni tampoco lo dice la justicia de la fe.

“¿Quien descenderá al abismo?” [AT: ¿para traérnoslo y para hacérnoslo oír, a fin de que lo guardemos?” [Pero Pablo dice] “(esto es, para subir a Cristo de entre los muertos)”.

Pablo nuevamente pone a Cristo en el lugar del mandamiento.
Observe cuidadosamente, Pablo se refiere a la encarnación de Cristo- “para hacer bajar a Cristo” (v.6)- y a su resurrección- “para subir a Cristo de entre los muertos” (v.7). El asunto es que Israel no hizo nada para hacer que esto fuera posible. Pablo pone la vida terrenal de Cristo y la vida ascendida de Cristo en el lugar de nuestra obediencia a los mandamientos. Ésa es la clave para la justificación. Ése es el mensaje fundamental de Romanos 10:4, esto es lo que dicen estos versículos: “Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree”. Éste es el primer paso en que el mandamiento “no es muy difícil para ti”, tampoco era muy difícil para Cristo. Y Dios acepta la obediencia de Cristo como si fuera la obediencia de usted.

En otras palabras, Pablo ve en este texto del Antiguo Testamento un indicador del día en que Cristo sería nuestra justicia y nuestra santificación. Primero, Moisés enseña, nosotros debemos tener una justificación perfecta que sea asequible - pero nadie la logra. Por consiguiente, Pablo infiere, Cristo vendrá, vivirá, morirá, ascenderá, y así logrará la obediencia perfecta por nosotros, y nos la acreditará. Y entonces, debido a esa gran justificación, a este gran paso en el cumplimiento del nuevo pacto, un día, con un corazón perfectamente circuncidado, obedeceremos a Dios perfecta y fácilmente, con gozo.

Nuestra respuesta es tener la fe jubilosa en Cristo, nuestra justicia. Versículo 8: “Mas, ¿qué dice? [La justicia de la fe] Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de fe que predicamos”. Moisés estaba enseñando la forma de tener la fe en Cristo para justicia.

Hay muchísimo más que decir y lo haremos la próxima semana. Pero queremos añadir una última consideración. Jesús dijo: “Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera” (Mateo 11:30). Pero también dijo: “Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:14). Vivimos entre la perfecta justificación - que ya ha sucedido - y la perfecta santificación - que no ha sucedido todavía. Lo sentimos ahora: ¡Oh, que dulce es la comunión de Cristo al hacer su voluntad! ¡Y cuán fácil es cuando vivimos en la maravillosa justificación de ser un hijo de Dios, totalmente satisfecho en Jesús! Pero ¡Oh, cuanto gemimos en nuestros fracasos al intentar alcanzar la fe y la obediencia! Digamos con el apóstol Pablo: “¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?  Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro. 7:21-25). Jesús es nuestra justicia. Él es nuestra victoria. Él ha circuncidado nuestros corazones. Y Él está trabajando en base a nuestra santificación.

¡Oh! hay mil lenguas para cantar,
Las alabanzas a mi gran Redentor,
Las glorias a mi Dios y Rey,
Los triunfos de su gracia.

Mi Señor y mi Dios,
Ayúdame a proclamar,
Para extender hasta el fin de toda la tierra,
Los honores de tu nombre.

Él rompe el poder del pecado invalidado,
Él liberta al prisionero;
Su sangre puede limpiar al más sucio,
Su sangre es útil para mí.

Fuente:
Desiring God

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