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SIETE DEMONIOS A DESTRUIR

SIETE DEMONIOS A DESTRUIR
Por Dr. José Felix Coronel



Muchos se siguen preguntando: ¿Por qué no puedo ser prosperado? ¿Si Dios nos ha levantado para reinar, porque no lo hacemos? ¿Por qué no puedo salir del estancamiento?

He descubierto que necesitamos entrar en un tiempo de milicia espiritual para ser totalmente libres de todo obstáculo que los demonios nos ponen para no tomar “nuestra tierra prometida”. La Biblia dice: "No hubo ciudad que hiciese paz con los hijos de Israel, salvo los heveos que moraban en Gabaón; todo lo tomaron en guerra" (Josué 11.19).

¡Dice que todo lo tomaron en guerra! Dios ya les había entregado su herencia, ahora se tenían que mover para echar fuera a los habitantes de la tierra que YA era de ellos. Por supuesto que los habitantes de aquellas tierras resistirían salir del territorio que habían habitado por muchos años.  Así que los hijos de Dios actuar con determinación, astucia, usando principalmente la fe.

¡Tenemos un Dios de abundancia y prosperidad que desea que sus hijos tomen su herencia! Pero también Dios desea que seamos hijos guerreros. Analicemos estos versículos:
Romanos 5.17
"Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia."

Mateo 11.12
"Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan."

¿Se da cuenta? Los hijos de Dios debemos reinar en vida, sin embargo, el reino que debemos poseer sufre violencia y solamente como hijos violentos lo podemos poseer. Si deseamos reinar (tener dominio) sobre nuestra salud, finanzas, familia, negocios, trabajo, debemos actuar con determinación y violencia. ¿Estamos listos para hacerlo?

En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1.11). ¡Tuvimos! Es tiempo pasado, hemos sido predestinados a cumplir con la voluntad de quien nos ha llamado. Esta herencia nos pertenece. Colosenses 1.12 nos dice que demos gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz, de tal manera que nuestro asignamiento ya esta para que nosotros lo tomemos. Aunque algunos piensan que esa herencia esta en la eternidad, nosotros sabemos que “reinaremos” en vida, esto quiere decir que Dios nos recompensa aquí en la tierra.

Sabemos que el trabajo del las fuerzas del mal están organizadas para detener esa herencia, así que nosotros debemos conocer quienes son esos principados para combatir contra ellos, y estar atentos para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones (2Corintios 2.11).

Hay siente espíritus que tenemos que vencer como hijos de Dios.
1. Goliat. Este espíritu produce estancamiento. Recordamos como Goliat estuvo amedrentando al pueblo de Dios durante 40 días y 40 noches. Durante este tiempo el pueblo de Dios estuvo estancado y detuvo su crecimiento. Este demonio detiene el crecimiento de la familia, de las finanzas, amedrenta, causa temor, inseguridad y provoca un espíritu de cansancio.

¿Cómo lo combatimos? David lo venció con el poder de la unción del Espíritu Santo. David fue decidido, actuó con determinación y confianza en Dios. El celo de Dios apareció en la vida de David y “arremetió” con coraje y valentía contra este gigante Goliat.
Goliat fue vencido con una piedra (unción) y David le cortó la cabeza con la espada (palabra), así que este demonio caerá declarando la palabra de Dios. Una lista de versículo bíblicos que declaremos en fe derribará ese gigante de estancamiento. Por ejemplo: Determinarás asimismo una cosa, y te será firme, y sobre tus caminos resplandecerá luz (Job 22.28). ¡Determino que la herencia de Dios es mía y los cielos son abiertos para bendecirme en plenitud! La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella (Proverbios 10.22).

2. Absalón. Este es demonio es rebelión, provoca anarquía, divisionismo, individualismo, aislamiento. ¡Absalón inicia en nuestra propia casa! Este demonio ataca desde dentro de la misma familia, esposos, hijos, familiares, liderazgo.
¿Cómo lo destruimos? David dejó la ciudad cuando Absalón se levantó contra él. Sin embargo la intervención de su ejército de dio muerte. David no lo venció por ser su hijo, pero otro lo hizo en lugar de él. Este demonio lo vencemos en equipo, la unción pudrirá este yugo del diablo y Dios nos llenará de su amor, armonía y unidad en la familia.

¿Cómo lo vencemos? ¡Con la confesión! Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1Juan 1.9). Absalón se aprovecha de la cercanía con las personas para crear división, más cuando hay un conflicto y se crean heridas. Debemos actuar para sanar los corazones y no permitir que Absalón tome ventaja.

También este demonio actúa cuando hay desacuerdos, entonces entra un espíritu de rebeldía que marca una división con autoridad para luego aprovechar la debilidad de otras personas y terminar en divisiones. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres (Romanos 12.18). 14Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. 15Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados (Hebreos 12.14–15).

3. Jesabel. Este demonio es usurpador, significa sin cabeza. Provoca anarquía y su función es robar y despojar. Se levanta con una autoridad que no tiene. Su poder esta fundado en el ocultismo y brujería. Esta mujer, esposa del rey Acab tenía sentados a su mesa 850 brujos. Después de ser vencida por el profeta Elías, ella se levantó de nuevo a intentar recobrar lo que le habían quitado. El nuevo rey pidió a los eunucos que la echaran del balcón, murió y su sangre fue lamida por los perros como antes se había profetizado sobre ella.

¿Cómo vencemos este demonio? En primer lugar, es la unción profética, la declaración ungida que sale de nuestra boca. Elías, el profeta ungido de Dios le quitó la fuerza matando a los 850 profetas del diablo. Enseguida, el rey Jehú terminó la obra que empezó el profeta.

Profetizaremos sobre este animal rabioso que desea desestabilizarnos, con la palabra que sale de nuestra boca le venceremos. ¡Espíritu inmundo te ordeno suelta mi casa, suelta mi vida, suelta mi familia, en el poderoso nombre de Jesús! ¡Deshabilito toda operación de demonios en mi contra y en contra de mi destino profético en esta tierra!

4. Madián. Este demonio es  deborador de las riquezas. Cuando el pueblo de Dios estaba listo para levantar la cosecha, los madianitas se levantaban para robarles lo que con tanto esfuerzo ellos habían producido. De la misma manera, este demonio espera que nuestros proyectos nos estén dando economía, cuando tenemos las finanzas en nuestras manos, viene y roba. ¿Cómo lo hace? Accidentes, robos, enfermedad, fracaso en los negocios, derrota en el trabajo, escasez, lo que trae pobreza, miseria y derrota.

¿Cómo lo podemos vencer? Dios levantó a un guerrero llamado Gedeón para defender a su pueblo. Dios usó tácticas proféticas para destruir un gran ejército de enemigos. Nosotros actuaremos de la misma manera. Usaremos tácticas y símbolos proféticos para destruir este demonio que devora las riquezas.

5. Serpiente antigua. Este demonio produce tentación y conduce al pecado. Siempre ha sido el arma de Satanás la tentación y el pecado. De esta manera mantiene atadas las manos de prosperidad para nosotros. Esta serpiente produce ataduras en los corazones, odios, resentimientos, que mantienen el alma atada y lejos de la felicidad.

¿Cómo la destruimos? La Biblia dice que la unción pudre el yugo del diablo. Jesús reprendió a los demonios y liberó a los oprimidos del enemigo. Necesitamos ser liberados de toda atadura del enemigo que entró a nuestras vidas a través del pecado.

6. Dragón. Este demonio maneja el engaño. Con su cola arrastró la tercera parte de los ángeles de Dios en su rebelión. Debemos tener cuidado con este demonio, es demasiado astuto y labioso, no se mide en el engaño, muestra el principio pero nunca el final. Su forma de trabajar es bajo una cara de piedad, promete, pero nunca cumple. Al final trae ceguera, oscuridad, cambia la dirección de las cosas para llevarnos al fracaso.

¿Cómo lo destruimos? El punto final de este demonio es la obediencia a Dios y a la dirección a donde él nos lleva. Debemos profetizar sobre nuestra mente, que Dios traiga la mente de Cristo a nuestras vidas y avancemos con determinación para hacer lo que Dios quiere que hagamos.

7. Reina del cielo. La reina del cielo produce idolatría. No estamos pensando solamente en ídolos de madera, oro, plata, sino en aquello que nos desvía nuestra mirada de nuestro amado Salvador. Esto tiene que ver con poner nuestra mirada en el dinero, las personas, el trabajo, los negocios, en fin, de todo aquello que nos desvía la mirada de Cristo.

¿Cómo vencemos este demonio? Debemos revisar nuestra vida con respecto a la idolatría. Debemos ser liberados de toda atadura de idolatría, pedir perdón para la idolatría de nuestros ancestros y profetizar libertad, prosperidad sobre nosotros y nuestras familias.

Después de entender contra quien estamos luchando, es necesario entrar en guerra con decisión y valentía. ¿Cómo podemos vencer estos demonios de una manera general?
1. Un tiempo de ayuno y oración. En este tiempo le pedimos a Dios limpieza en nuestra vida, que nos revele su santidad para vivirla. Esto traerá unción y autoridad para levantarnos con violencia en contra de estos demonios.

2. Analicemos a estos demonios. ¿Hasta donde se han metido, que han provocado, que han destruido, que han robado? Hagamos una lista de todo lo que observamos a nuestro alrededor que no esta bien, que sabemos que no viene de Dios.

3. Preguntemos a Dios las estrategias de milicia. El Espíritu Santo es nuestro estratega. Él nos llevará a la victoria. Dios nos hará entender los símbolos proféticos, las estrategias de guerra para vencer al enemigo.

4. Reunamos a la familia y destruyamos al enemigo. Por supuesto que el enemigo ha destruido nuestras familias. Ahora tenemos la lista del mal que ha provocado. Rompamos las cadenas, liberemos nuestras vidas por la unción del Espíritu Santo.

5. Disfrutemos de la presencia de Dios. La presencia de Dios será más que elocuente en medio de nosotros. Ahora, debemos trabajar para que la presencia de Dios sea constante en nosotros y en toda nuestra familia. Disfrutemos del fruto de tener la presencia de Dios de nuestro lado.

Al final sabemos que:
"Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo." 1Juan 4.4

¡Dios te bendiga y que te mantenga firme en la victoria!

Fuente:
Siete demonios a destruir

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18 HÁBITOS DE PERSONAS EXITOSAS

18 HÁBITOS DE PERSONAS EXITOSAS
Por Ministerio de Comunicación de la Comunidad cristiana Hay paz con Dios

El Foro Económico Mundial (en colaboración con Business Insider y Laura Vanderkam, una experta en administración del tiempo) ha publicado un artículo de los hábitos matutinos de las personas de éxito. Echemos un vistazo a algunos de los hábitos a imitar que te pueden ayudar a ser una persona exitosa!

Levantarse temprano
¡Resulta que levantarse temprano hace a una persona más sana, rica y sabia! Como demostró una encuesta hecha por Vanderkam, 18 de cada 20 ejecutivos (incluido el CEO de Pepsi Indra Nooyi y el CEO de Twitter Jack Dorsey) dicen que se levanta antes de las seis.

Sustituir el café y el té por agua
Muchos ejecutivos que trabajan duro sustituyen su té o café matutino simplemente por agua. Empezar el día con agua rehidrata el cuerpo y hace que te sientas más alerta. Arianna Huffington, jefa del Huffington Post, apuesta por esta opción.

Hacer ejercicio antes del desayuno
La gente exitosa quita esto de su lista de tareas a primera hora de la mañana. Un buen ejercicio reduce los niveles de estrés y combate los resultados de una dieta alta en grasas. Hacer ejercicios de forma regular también mejora el sueño. Destacados empresarios e inversores, incluyendo la CEO de Xerox Ursula Burns, se aseguran de hacer ejercicio antes de empezar su jornada.

A primera hora, los proyectos prioritarios
A primera hora de la mañana es el mejor momento para trabajar en los proyectos prioritarios, según coinciden los ricos y famosos. Como estas horas están libres de interrupciones, permiten a los ejecutivos centrar su atención en ese proyecto.

Sacar tiempo para las aficiones
Además de los negocios, también es importante dedicar algún tiempo a las aficiones. Mucha gente exitosa asegura que dedica algo de tiempo por la mañana a cosas que le apasionan, cuando están frescos y con energía.

Pasar tiempo en familia
No es necesaria una gran cena familiar para pasar un buen rato con la familia. Según la encuesta, los ejecutivos pasan un rato con los miembros de su familia por la mañana, mientras realizan actividades tales como preparar un buen desayuno juntos, leer cuentos a los niños o simplemente sentarse alrededor de una mesa y charlar.

Pasar buenos ratos con la pareja
Al final del día, puede ser demasiado agotador pasar un buen rato con tu pareja. ¿La mejor alternativa? Un rato de intimidad juntos por la mañana. Hablar y disfrutar del amor del otro tiene resultados positivos.

Hacer la cama
Hacer la cama puede hacer que tu vida sea más feliz y productiva. Charles Duhigg, autor de The Power of Habit, dice que además de empezar una cadena de buenos hábitos, esta práctica normalmente ayuda a la gente a experimentar "una gran sensación de bienestar y mayor habilidad ceñirse a un presupuesto".

Reuniones en el desayuno
Programar reuniones en el desayuno hace que sea mucho más fácil estar en casa para la cena. Otras de las ventajas de esta práctica son que son más productivas que las fiestas y que las reuniones causan menos trastornos que los almuerzos.

Orar
Las personas muy resueltas generalmente tienden a tener altas expectativas de todos, incluyendo a ellos mismos, y podrían tener dificultades para desprenderse de su lista de tareas pendientes mental. Como resultado, muchas personas de éxito siguen una actividad espiritual en su rutina diaria, en su mayoría oraciones. Un asesor financiero dijo a Vanderkam que tener dos sesiones de oración de 20 minutos al día ha mejorado su vida.

Ser consciente de lo bueno
Dedica algo de tiempo por la mañana para escribir todas las cosas por las que estás agradecido. Esto pone la vida en perspectiva y hace que una persona sea más consciente de lo que tiene. Tim Ferriss, autor de The 4-Hour Workweek, coincide en que anotar por qué está agradecido y lo que espera le ayudó a ser más feliz.

Plan y estrategia
Planificar el día, la semana y el mes ayuda a los ejecutivos a priorizar de forma eficiente. Además, mejora las habilidades de gestión del tiempo. Un ejecutivo bancario convertido en maestro, entrevistado por Vanderkam, mencionó que la planificación de su día antes del desayuno hace su rutina diaria más manejable.

Comprobar el correo por la mañana
Aunque los expertos de la gestión del tiempo sugieren posponer la comprobación del correo electrónico hasta más tarde, muchos líderes hacen esto a primera hora de la mañana. Un análisis rápido les dará una idea de lo que es urgente y se ocuparán de ello cuando están frescos y con energía. Gretchen Rubin, autor de The Happiness Project, se despierta antes que su familia para revisar su bandeja de entrada y redes sociales, lo cual dice que le ayuda a lidiar con proyectos exigentes.

Leer las noticias por la mañana
Ya sea leyendo los periódicos o en las redes sociales, siempre es buena idea saber qué está pasando en el mundo lo antes posible. El CEO de GE Jeff Inmelt se asegura de empezar el día con una dosis de CNBC y periódicos, mientras que el CEO de Virgin America David Cush escucha una radio deportiva y lee los periódicos por la mañana.

Hacer las tareas grandes primero
Cuando hagas una lista de tareas, pon las que más temas primero te ahorrará mucho estrés. El resto del día parecerá mucho más suave en comparación.

Mantener la cadena de éxitos
Esto es especialmente útil con las tareas difíciles. En un gran calendario, marca con una cruz cada día que trabajes en esa tarea. Pronto habrá una cadena de cruces marcando tu progreso, lo que te motivará para continuar.

Preparar aperitivos
Tomar aperitivos mantiene el metabolismo en marcha y el cerebro a pleno rendimiento. Planificar los aperitivos y prepararlos te ayudará a equilibrar los nutrientes necesarios en la dieta.

Trabaja independientemente de cualquier condición
Los hábitos de trabajo persistentes son una forma segura de incrementar la productividad y la eficiencia. Una de las mayores diferencias entre la gente que tiene éxito y la que no es que los primeros se aseguran de trabajar un tiempo mínimo cada día, incluso si no les apetece. Forzarte a ti mismo a trabajar en algo que quizá detestas durante quince minutos te motivará para seguir.

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CLAVES PARA UNA VIDA CRISTIANA VICTORIOSA

CLAVES PARA UNA VIDA CRISTIANA VICTORIOSA
Por Pastor José Arturo Estévez

¿Sabes que tú puedes vivir una vida en victoria? ¿Es posible vivir una vida victoriosa en el Señor?

1era Corintios 15:57 “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Dios nos creó para vivir una vida en Victoria, no para vivir fracasados. Él permite las pruebas en nuestras vidas, para que vayamos de gloria en gloria, Él nunca perderá nuestras batallas, nunca ha estado en el Corazón de Dios que conozcamos una derrota.

¿A quién damos las gracias por nuestras victorias?
Mientras más capacitados, más autosuficientes, nos creemos, olvidamos que todo lo que tenemos lo tenemos por Dios.

Cuando reconocen las personas nuestros triunfos, ¿A quién entregamos la victoria sino a Dios?.

Dios no nos hizo para que vivamos amargados, derrotados y sin esperanzas.

Los desiertos no son lugares permanentes, Dios nunca introduce a alguien en el desierto para dejarlo ahí, en Cristo somos más que vencedores no hay razón para pensar que no lo vamos a lograr, sí Dios te lo dio, estuyo poséelo. Dios está usando el desierto como algo temporal.

Hay dos palabras que me han cambiado la vida que me han hecho ver a Dios en otro ángulo, en otro aspecto, y me hicieron aprender que Dios tiene su tiempo. Antes lo decía pero ahora lo vivo.  Las dos palabras son: "Aún no", no estoy diciendo que Dios dijo: “que no”; dijo : “aún no”. Nosotros rechazamos el tiempo de Dios.

Dios tiene tres formas de respondernos:
- Sí
- No
- Y cuando aparentemente, no nos responde, Él calla, y cuando calla Él dice: "Aún no".  Esta tercera forma equivale a decir: “espera estad quieto y conoce que yo soy Dios” Salmo 46:10 y esa es la parte más dura y difícil de un cristiano.

Creemos que Dios actúa de manera rápida, tal vez muchos de nosotros estamos viviendo el "aún no" de Dios.

CLAVE 1 PARA TENER UNA VIDA VICTORIOSA

Aprender a ver a Dios aún en los momentos más difíciles, ese Dios que actúa en los momentos en que no tesientes victorioso.

En Hechos 2:25 “Porque David dice de él: Veía al Señor siempre delante de mí; Porque está a mi diestra, no seré conmovido“, Dios nos habla, que al decir David que no seria conmovido, él está expresando un fuerte sentido de seguridad, la que sólo experimentan los creyentes.

Cuando todo se oscurece y de repente parece que te quedaste solo o sola este es el momento de creerle a Dios, ese es el momento de declarar que estamos próximos a estar victoriosos.

Cuando parece que estás solo que los demás se fueron de tu lado, en ese momento es que estás más próximo a esta victoria.

Qué rico es saber que Cristo está a nuestra diestra, y al estar a nuestra diestra en los momentos de prueba, no seremos conmovidos; puede ser que nos doblemos, pero no permitirá que nos quebremos.

Si alguien te predicó: “ven a los pies del Señor para que se acaben los problemas” te mintió porque ahí es donde comienzan.  Los creyentes y no creyentes experimentan de igual forma el dolor, los problemas y los fracasos.

Porque cuando estamos muertos en delitos y pecados, Satanás ni se preocupa por nosotros, ¿y para qué, si estamos de su lado?.

Le echamos la culpa a Dios de nuestros problemas, Dios no necesariamente envía la enfermedad, pero la puede permitir.

Lo que marca la diferencia entre nosotros y el mundo es cómo enfrentamos los problemas, el mundo los enfrenta con el suicidio, las drogas y el alcohol.  Nosotros le damos el frente, no la espalda, ni el lado, y esto es porque Cristo va delante y nosotros vamos escondidos detrás de El.

CLAVE 2: APRENDER A VIVIR CONTENTOS CON LO QUE TENEMOS

Tenemos que aprender a vivir contentos con lo que tenemos, dice 1era Timoteo 6:6 "Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento."

Si tú estás como el Señor quiere que estés, estás en la perfecta voluntad de Dios, para los que aman al Señor todas las cosas obran para bien.

Existe una gran diferencia entre felicidad y gozo:

  • La felicidad es externa depende de: las circunstancias, mis pertenecías, logros, cuentas de banco, empleos,vehículos, propiedades, etc., con eso nos sentimos felices, pero de repente cuando todas esas cosas desaparecen se va la felicidad.
  • El gozo no depende de como estamos exteriormente, depende de mi relación con Dios. Podemos estar pasando por la prueba más dura y sin embargo estar gozosos.

La Biblia dice: “estad siempre gozosos”, no dice a veces, dice siempre. Estar contento es tener gozo.  1eraTimoteo 6:7 “Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar”.  Tenemos que aprender a vivir con lo que tenemos, porque nada nos llevaremos de este mundo.

Hay muchas personas que viven bien, y sin embargo viven llorando porque quieren más, nunca se conforman, muchas personas que no pueden disfrutar de lo que tienen porque están amargados por lo que no tienen. Venimos gritándole al Señor que nos de más y más. Hay que saber diferenciar la necesidad de los deseos, debemos aprender a vivir con lo que tenemos.  Dios está dispuesto a satisfacer nuestras necesidades, pero no está obligado a satisfacer nuestros deseos.

Hebreos 13:5 “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré.”  En lo que nosotros tenemos hoy, Dios está.

El antídoto para el amor al dinero es confiar en Dios. El problema no es ganar más, es saber gastar, y aprender a vivir con lo que tienes.

CLAVE 3: HAY QUE SEGUIR TENIENDO METAS

No conformarnos hasta donde llegamos o bien hasta lo que tenemos.  ¡Hay que seguir teniendo metas!  Hay que avanzar, perseverar y proseguir.

Filipenses 2:13-14 "Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.  Haced todo sin murmuraciones y contiendas,"

Dios nos lleva de gloria en gloria. Hay que estar gozosos con lo que tenemos mientras Dios nos da lo demás.

Romanos 12:2 “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.

La vida es una constante de retos, todos los días hay metas para ser alcanzadas con la ayuda de Dios.  El problema radica cuando tú y yo ponemos las metas, es diferente cuando Dios las pone. Hay carreras de diversos metros y obstáculos; pero Dios a veces nos pone carreras de 42 Km., llegamos cansados pero llegamos.

No nos estanquemos en nuestro pasado.  Es tiempo de olvidar y seguir adelante. Hay mucha gente estancada en el pasado, cuando Dios nos dice: “muévete, avanza”, movámonos a una vida de fe y obediencia sin importar lo que haya pasado.

Si Dios te dice: “muévete”, muévete; si dice: “avanza”, pues avanza; aunque no sepas ni siquiera hacia dónde vas; y si dice: “levántate”, levántate y anda.

Proseguir significa preparar algo para seguir adelante, es una carrera de resistencia.  ¡Si quieres tener una vida en victoria, avanza, prosigue!

CLAVE 4: DESPOJARNOS DE TODO AFÁN

Filipenses 4:6 “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”.

Lo que Dios quiere decir es: “Toma tú afán, tráelo a mis pies, colócalo ahí y olvídate del resto”

Nosotros, nos cansamos de oír predicas acerca del afán y la ansiedad. No conocemos lo que dice Mateo 6:25-34 acerca de esto.  ¿Quieres saber si estas afanado o no? ¿duermes?.

Si nosotros podemos abandonar el afán y adentrarnos a esas dimensiones, hermanos, ¡cambiaríamos!.

Filipenses 4:7 dice: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”.

Hay gente que no puede llegar a ningún lado, porque tiene su mente dividida entre lo que ve y la fe que tiene.  Es tan fácil paralizarnos cuando nos afanamos, porque perdemos las perspectivas de las cosas. ¡Dios está en control de todo!

El enemigo nos engaña, haciéndonos ver el problema más grande de lo que se ve. El enemigo nos suma factores, todos los acontecimientos malos en un día, él los va sumando, a fin de que pierdas tú paz, y el final es un desastre; pero Dios es nuestra paz verdadera.

Creemos que tener paz es estar tranquilo en un remanso, en el silbo apacible, etc.  Pero la paz de Dios te dice: que aunque haya conflicto, y ruja la tormenta, tú eres capaz de dormir porque Él está en control de tu vida.

La paz verdadera se encuentra en saber que Dios controla todo. No se encuentra en pensar positivo, en la ausencia de conflictos o en tener buenos sentimientos, aunque los vientos que los muevan sean de tormenta.

Marcos 6:34 ”Y salió Jesús y vio unagran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas“.

CLAVE 5: PENSAR SIEMPRE EN LO BUENO Y ALEJAR LOS PENSAMIENTOS MALOS

Filipenses 4:8 dice: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro,todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.“

El que tiene una vida de victoria ve las situaciones venir y las ve como oportunidades para presenciar la Gloria de Dios.  Alejemos los pensamientos malos, él que tiene una vida en victoria no piensa en el mal, piensa en el bien.

Los pensamientos negativos son inevitables pero lo que no debes hacer es agrandarlos, permitirle al enemigo entrar en tú mente; recházalos, repréndelos en el Nombre de Jesús. A veces permitimos que vengan pensamientos a nuestra mente porque vemos, oímos o tocamos cosas que no debemos.

Hay que detener los pensamientos para que no se conviertan en experiencias dolorosas.

CLAVE 6: VER EL PRODUCTO DEL PROPÓSITO DE DIOS TERMINADO

Hebreos 12:2 “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.“

Una clave para tener una vida victoriosa, es tener gozo de ver el fruto de lo que sembramos, es nuestro esfuerzo hecho realidad.

Es aprender a que te guste lo que haces.  Jesús, no vio la cruz, sino la voluntad del Padre.  A veces tenemos que pasar por cosas dolorosas, pero el fruto que viene después de eso es nuestro galardón.

CLAVE 7: PONER LA MIRADA EN EL GALARDÓN

Hebreos 11:26  “teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón”.

Nada es más importante en nuestra vida que tener a Jesús.

Moisés, prefirió abandonar la comodidad de la corte y de él mismo para ir a otra Corte y a otro Reino que no era terrenal. La corte egipcia terminaba en la tierra, pero la otra no.

Dejemos todo lo que es de la tierra en la tierra y pongamos la mirada en el cielo. La corte del cielo lo llevó a traspasar la vida, y la muerte, y aparecer como un príncipe al lado de Jesús. Es muy fácil ser engañado por las ventajas temporales de las riquezas.

Conclusión:
La fe nos ayuda a ver más allá, a poner la mirada en el galardón que es Cristo Jesús, autor y consumador de la fe. Tenemos que tener vida de victoria, porque somos el ejemplo a seguir para nuestra familia, amigos, la comunidad.

¿Qué le muestras a las personas que te rodean?

Todo sentimiento de derrota debe irse de tu vida y puedas caminar en fe creyéndole a Dios.  Dios te está llamando a tener una vida de victoria, no llores porque quizás Dios te esta diciendo: ¿por qué clamas a mí? Si te he dicho que marches, marcha; levántate en el Nombre de Jesús, levanta tu rostro, lava tu cara y sal; levanta tu mirada y mira el galardón.  ¡Avanza y prosigue!

Fuente:
Siete Claves para tener una Vida victoriosa
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CONDUCTAS POSITIVAS ANTE CRISIS

10 CONDUCTAS POSITIVAS PARA CONTRARRESTAR LA CRISIS EN VENEZUELA
Por La Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV)
Publicado por Psicólogo Victor Saavedra 


Es pública, notoria y de atención expectante, la actual situación-país que atraviesan todos los habitantes de Venezuela. Nadie que viva en Venezuela puede negar el detrimento productivo del país; la des-humanización de todo el colectivo, devenida en la lucha feroz por sobrevivir día a día; y el empañamiento general de valores que alguna vez nos forjaron la imagen de buen vecino. A la fecha y a este paso, cualquier argumento en contra es insostenible. Y la incómoda verdad es que la crisis la viven todos los venezolanos indistintamente de su posición política.

La Federación de Psicólogos de Venezuela (FPV) con la finalidad de contribuir en el manejo de la actual situación país por parte de los habitantes de Venezuela, ha colocado a disposición de todos el: “Decálogo de recomendaciones para los tiempos que vivimos”, preparado por la Red de Apoyo Psicólogico de la Universidad Central de Venezuela y la Federación de Psicólogos de Venezuela. Es un material gremial al que he llamado en este post: “10 conductas positivas para contrarrestar la crisis en Venezuela”, con el fin de hacerlo más accesible.

Decálogo de recomendaciones para los tiempos que vivimos:

1.- Evite seguir el juego a políticos o líderes que acepten, utilicen o aprueben lenguaje o actos violentos.  Ejerza su derecho a expresarse sin causar daño a otros, ni a la planta física, ni al ambiente.

2.- Reduzca su exposición a programas de TV, prensa o mensajes electrónicos que contribuyan a la confrontación violenta, o la propicien en contenido o intención.

3.- Privilegie los aspectos positivos que caracterizan nuestra identidad como venezolanos, en las relaciones con las otras personas: la solidaridad, el respeto, la hospitalidad, el buen humor, la generosidad, la tolerancia, entre otros.

4.- Preserve o rescate sus espacios de intercambio más cercanos: familia, amigos, compañeros de estudio o trabajo, vecinos. No permita que las diferencias políticas lesionen sus vínculos o quebranten sus afectos.

5.- Rescate la reflexión crítica como individuo y no se permita solidaridades automáticas, emocionales, u obedientes no deliberantes.

6.- Respete la diversidad, la opinión de los otros, la pluralidad, y acepte que siendo distintos podemos funcionar en convivencia. Ser tolerante no implica estar de acuerdo ni ser débiles, sino permitirnos convivir en respeto aunque no siempre pensemos o sintamos igual.

7.- Impida hacer de la política su único o principal tema de conversación. No la descalifique, pero no la privilegie. 

8.- Renuncie a los odios y discrimine la información que recibe.

9.- Proteja de esta confrontación a las próximas generaciones.  Procúrese espacios y momentos libres de temas políticos por el bien de los suyos y de Usted mismo.

10.- Sea cuidadoso con los temas que conversa con otros adultos, en presencia de niños; no menosprecie su capacidad de compresión. En general, trate de mantener a los niños fuera de la diatriba política.


HACIENDO LA DIFERENCIA EN NUESTRO MATRIMONIO

HACIENDO LA DIFERENCIA EN NUESTRO MATRIMONIO
Por el Ministerio de Comunicación de la Comunidad Cristiana Hay Paz Con Dios.

Muchos matrimonios llegan a una etapa en la que se sienten estancados y atrapados por la rutina. Verdaderamente, los afanes, las responsabilidades y ocupaciones de la vida diaria nos pueden arrastrar a ese estancamiento en nuestra relación matrimonial. Este estancamiento es uno de los factores que, en ocasiones lleva a las parejas a considerar el divorcio. Es un hecho que la cantidad de personas que se divorcian está en un nivel muy alto. Demasiadas personas han tenido que pasar por el dolor de un divorcio. Y muchos confiesan que fue uno de los procesos más difíciles que han tenido que atravesar en sus vidas. Es tanto así, que muchas personas (luego del divorcio) desarrollan una apatía por el matrimonio.

Sin embargo, el matrimonio fue establecido por Dios para proveer al hombre la oportunidad de relacionarse y multiplicar Su amor (Génesis 1:27-28). El matrimonio es una gran aventura en la cual vas conociendo a tu cónyuge más profundamente con el paso de los años. El Señor, a través del matrimonio, te da la bendición y la oportunidad de compartir la vida con tu cónyuge en una relación saludable, en la cual tanto el esposo como la esposa están comprometidos en satisfacer las necesidades el uno al otro (1 Corintios 13:5).

Lamentablemente, el matrimonio es visto en general por nuestra sociedad, como un "mal" necesario en vez de algo enriquecedor. Todos hemos escuchado de padres que han dicho a sus hijas: "si no te va bien el matrimonio, no te preocupes, siempre las puertas de nuestra casa estarán abiertas para ti" o "estudia, por si acaso tienes que divorciarte". No hay nada de malo en apoyar a una hija que está pasando por un momento difícil, pero no debemos hablar de manera que anticipe el fracaso matrimonial. De igual manera, no está mal decirle a tu hija que estudie, pero la razón de estudiar no debe ser anticipando un divorcio, sino para mejoramiento profesional.

En general, nuestra forma de vivir determina grandemente lo que conocemos sobre relaciones. Personas que trabajan largas horas en alguna empresa, tendrán dificultad para mantener influencia sobre su cónyuge y sobre sus hijos debido al poco tiempo que pasan con ellos. Cada vez son más las mujeres que pierden las esperanzas, que optan por el divorcio o la infidelidad, a causa de la ausencia constante del esposo. Podemos observar que un hombre que pasa largas horas en su lugar de empleo tendrá más influencia sobre personas en su trabajo. Es por esto que ocurren tantos casos de infidelidad en los trabajos.

Adicional a esto, la falta de conocimiento sobre las diferencias básicas entre el hombre y la mujer puede provocar problemas en el matrimonio. La mujer necesita sentirse amada y valorada; el hombre necesita sentirse respetado y admirado (Efesios 5:33). Cuando una pareja matrimonial desconoce esa dinámica, incurren en conductas en las que la mujer no se siente amada y el hombre siente que su esposa no lo respeta. Pero, cuando logras comprender que las diferencias entre el hombre y la mujer fueron diseñadas por Dios a propósito y con propósito, verás que tu cónyuge y tú pueden complementarse y disfrutar de una relación armoniosa.

Todos hemos escuchado el dicho: “Si quieres ver resultados distintos, debes hacer cosas distintas.” Pero, aparte de parecernos interesante o estar de acuerdo con el mismo, ¿nos motivamos a hacer algo distinto? ¿Nos damos cuenta de que podemos aplicar esta verdad a nuestras relaciones?

Si realmente queremos hacer una diferencia en nuestro matrimonio, es necesario salir de la rutina y dejar de hacer todo exactamente de la misma forma. Así que, ¿por qué no comenzamos a disfrutar de esta gran aventura llamada matrimonio? Decídete a hacer algo distinto junto a tu esposa(o), aunque sea una vez al mes. Por ejemplo, llévale el desayuno a la cama un sábado en la mañana, invítala a salir solos a dar una caminata por la playa, lean juntos un libro para crecer como matrimonio, vayan a pescar al lago… Son muchas las cosas que se pueden hacer evitar el estancamiento en el matrimonio.

Recuerda, no tienes que hacer una gran hazaña o gastar una gran cantidad de dinero. Los detalles sencillos pueden rendir grandes resultados cuando se trata de relaciones. Así que, anímate a hacer la diferencia en tu matrimonio y vive la gran aventura que Dios preparó para ti. Recuerda, el divorcio se puede prevenir cuando somos intencionales, es decir, cuando tomamos las decisiones y acciones necesarias para fomentar el bienestar del matrimonio. Esa es la diferencia que estamos llamados a hacer en medio de nuestra sociedad plagada por la crisis familiar (Romanos 12:2).

Fuente:
http://familiasefectivas.com/


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EL FRUTO DEL ESPÍRITU III

EL FRUTO DEL ESPÍRITU III
Por José Belaunde M.

Fidelidad, mansedumbre y templanza conforman el último artículo de la serie El fruto del Espíritu Santo. ¿Son estos frutos visibles en su vida? ¿Sabe diferenciarlos? El Espíritu Santo desea producir fruto en nosotros, entonces, ¿para qué esperar más? Empecemos hoy a vivir una vida marcada por el Espíritu.

La fidelidad
Es una lástima que en muchas versiones de la Biblia la palabra griega pistis que figura en Gálatas 5.22, haya sido traducida por «fe» en lugar de «fidelidad», ya que este es el sentido en este pasaje y esta es la virtud cristiana que Pablo quiere destacar. La fidelidad es una cualidad única, preciosa, importantísima, que refleja el carácter de Dios. Es cierto que pistis tiene ambos significados según el diccionario, y que ambos sentidos están estrechamente vinculados y se implican el uno al otro.

La palabra inglesa faithful, que se traduce por «fiel», expresa muy bien la relación mutua entre fidelidad y fe. Esa palabra literalmente quiere decir «lleno de fe». Y efectivamente, el que es fiel está lleno de fe. Es la fe la que lo hace fiel. O dicho de otro modo, el cristiano es fiel porque cree. La medida de su fe es la medida de su fidelidad.

Los conceptos de fe y fidelidad están relacionados con el de adhesión. El hombre que cree en Cristo se adhiere a él firmemente y a las verdades que él encarna y, por tanto, le será fiel en todo. La persona que ha empeñado su palabra o su afecto a otra, se adhiere a ella y le es por consiguiente fiel. La fidelidad implica permanencia, solidez, lazo indestructible.

De hecho, sabemos que en el mundo natural la fidelidad es una cualidad sumamente apreciada, que juega un papel importantísimo en las relaciones humanas. Si es así ¿por qué habría de ser la fidelidad además específicamente parte del fruto del Espíritu? ¿Acaso solo los cristianos son fieles? ¿no lo son también los incrédulos? Precisamente porque la fidelidad juega un papel importantísimo en las relaciones humanas, en la vida social, laboral, empresarial, matrimonial, etc., es conveniente que el Espíritu produzca una forma superior de fidelidad como fruto suyo para que las promesas y los compromisos de los hijos de Dios adquieran una solidez, una permanencia indestructible, como la tienen los de su Padre.

La fidelidad es uno de los rasgos supremos del carácter de Dios, uno de sus atributos que más exalta el Antiguo Testamento. La Escritura dice en muchísimos lugares: «Dios es fiel» (1Co 1.9) y en muchos pasajes alaba su fidelidad: «...de generación en generación es tu fidelidad» (Sal 119.90; 36.6; 117.2, etc.). Lo cantan los salmos, lo afirman las epístolas. Si Dios no fuera fiel, todo el mensaje de las Escrituras no tendría valor. Gracias a su fidelidad su palabra es verdad, su palabra se cumple y lo que promete se realiza.

Toda la relación del hombre con Dios está basada en Su fidelidad. La fidelidad de Dios es la roca sobre la cual se sustenta la vida del hombre como criatura, en primer lugar, porque la fidelidad de Dios es la que lo mantiene en vida y lo alimenta; y como hijo, porque su fidelidad es la garantía de nuestra fe. Porque ¿cómo podríamos creer en Dios si él no fuera fiel, si nuestra fe estuviera plagada de dudas acerca de su fidelidad? ¿Puede alguien creer en otro de quien duda? El pacto de Dios con Israel era firme porque se basaba en la fidelidad de Dios. El Nuevo Pacto, sellado con la sangre de Cristo, lo es también por el mismo motivo.

Es interesante notar que si nosotros podemos tener los frutos del Espíritu, y entre ellos, la fidelidad, es porque, por el nuevo nacimiento, hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1.4). La participación en su naturaleza nos permite tener el fruto de su Espíritu. Somos fieles porque participamos de su fidelidad. Su fidelidad es origen y fuente de la nuestra.

Igualmente, el hombre natural puede ser fiel porque lleva en sí, aunque desfigurada, la imagen y semejanza de su Creador que es fiel. Cuando el autor de Hebreos dice que «sin fe es imposible agradar a Dios» (He 11.6), está diciendo también que sin fidelidad es imposible agradarle. La fe que no genera fidelidad es una fe de cobre, no de oro.

Sin fidelidad es imposible desempeñar alguna función o responsabilidad en la iglesia (y de hecho en ninguna parte): «Ahora bien, se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel» (1 Co 4.2). Sólo la persona fiel es digna de confianza. ¿No es eso lo que todos buscamos, una persona fiel, digna de confianza, para encomendarle nuestros asuntos, nuestras preocupaciones, nuestros hijos, e incluso confiarle nuestro amor y hasta nuestra vida?

La fidelidad es una virtud que Jesús apreciaba mucho. Narró dos parábolas para elogiar e ilustrarla dicha característica, la de los talentos (Mt 25.14–30) y la de las minas (Lc 19.11–27. Véase también Lc 12.41ss). «Porque fuiste fiel en lo poco sobre mucho te pondré.» Si no somos fieles en lo poco ¿quién nos confiará lo mucho? Sería una necedad suicida. Nadie confía un encargo a quien desempeñó mal e irresponsablemente una tarea encomendada.

En el campo espiritual eso es igualmente válido. Dios confía sus obras importantes a quienes han sido fieles en lo poco. Si los hombres buscan personas en quienes confiar, tanto más Dios.
La fidelidad implica honradez, veracidad, cumplimiento, lealtad, diligencia, sentido de responsabilidad, valor. La persona fiel tiene un carácter sólido, maduro, estable. El hombre superficial, alborotado, difícilmente es fiel porque asume sus compromisos a la ligera, sin reflexionar.
El gran valor que la fidelidad tiene para nosotros radica en que, gracias a ella, se puede confiar. ¡Qué terrible es cuando no se puede confiar en nadie!

La primera cualidad del siervo de Dios es la fidelidad, no la elocuencia, no la erudición, no la sabiduría, no la inteligencia, no las dotes de liderazgo, no los dones del Espíritu, etc. Sin fidelidad las otras cualidades, por muchas que sean, valen poco o nada. Pero sin piedad no hay fidelidad.

El predicador debe ser ante todo fiel a la Palabra. Es decir no debe trastornarla, desvirtuarla, cambiarla, sino debe manifestar su fidelidad predicando verazmente «todo el consejo de Dios» (Hch 20.27).
Pero así como el predicador debe ser fiel a «la Palabra», todo creyente debe ser fiel a la suya propia: «Que tu sí sea sí y tu no, no.» (Stg 5.12) ¿Cómo podrían ser algunos hombres «creyentes» si nadie pudiera «creer» en su palabra? Así como la palabra de Dios es digna de ser creída, la palabra de sus hijos debe serlo también. Como dice el refrán: «de tal palo tal astilla».

Que tu palabra sea firme como un contrato. Ser un «hombre o una mujer de palabra» es una de las características de alguien que es digno de aprecio. Cuando se dice: «Me dio su palabra», se está expresando la seguridad de que cumplirá lo prometido.

El libro del Apocalipsis fue escrito para animar a los cristianos que iban a enfrentar pronto una terrible persecución, para permanecer fieles al Dios que los había llamado y escogido, a fin de alcanzar el premio. Por eso la máxima expresión de la fidelidad a la que nos alienta el Señor es serle «fiel hasta la muerte» (Ap 2.10).

La Escritura reserva los mejores elogios para las personas que fueron fieles. La epístola a los Hebreos alaba la fidelidad de Moisés «en toda la casa de Dios» comparándola con la fidelidad de Jesús (He 3.2, 5). Pablo elogió la fidelidad de sus colaboradores Epafras (Col 1.7; 4.12) y Timoteo (1 Co 4.17). Pero es sobre todo el libro del Apocalipsis el cual, queriendo honrar a Jesús en el momento trascendental en que se produce el desenlace cósmico de toda la historia humana, le da el nombre de «Fiel y Verdadero» (Ap 19.11. Véase también 1.5). Porque él es fiel y verdadero todo lo anunciado por él llegará a cumplirse.

La mansedumbre
Hay tres características en la mansedumbre, dice Donald Gee, que la destacan sobre otras virtudes. Primero, es una cualidad muy rara que pocas personas poseen realmente. Segundo, es excepcionalmente preciosa a los ojos de Dios. Tercero, es el aspecto más desafiante de todas las enseñanzas de Cristo, quizá el más difícil de poner en práctica, pues supone un morir radical a sí mismo.

¿Y cómo no sería difícil? Pensemos ¿cómo podemos conjugar la mansedumbre con la afirmación de sí mismo que se requiere para vivir e imponerse en el mundo? ¿Cómo conciliar la mansedumbre de conducta con la defensa necesaria de nuestros derechos frente a la injusticia y el abuso?

Los consejos que muchos libros de autoayuda contienen parecen contradecir abiertamente a la mansedumbre: «Toot your own horn» [Toca tu propia trompeta], aconsejaba un conocido libro norteamericano. Es decir, proclama tus cualidades y tus méritos, no seas modesto al redactar tu hoja de vida; usa tus contactos cuando sea necesario para avanzar, ponte en la primera fila para que te tengan en cuenta (justo lo contrario de lo que enseña Jesús en Lc 14.10).

Nuestro primer ejemplo de mansedumbre es Jesús, que dijo de sí mismo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón». A lo que añade: «Y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11.28).

Una de las mayores recompensas de la humildad y de la mansedumbre (virtudes que están íntimamente relacionadas) es que nos permite descansar de la competencia feroz, de la encarnizada lucha diaria por conquistar posiciones y riqueza.

El profeta Isaías hace el elogio de la mansedumbre de Jesús cuando dice: «No quebrará la caña cascada». Es decir, la tratará con tanta delicadeza que, por frágil que sea, no se romperá entre sus manos. «...no apagará el pabilo humeante» que al menor soplo se extingue. Al contrario, con su gentileza y cuidado amoroso reanimará la llama vacilante. No obstante, establecerá la justicia en la tierra. La establecerá por modos de obrar y estrategias desconocidas por el mundo (Is 42.3–4).

Es innegable que existe cierta resistencia aun entre los cristianos a darle a la mansedumbre el lugar que se merece, porque se la asocia con debilidad, con blandura de carácter. Y sobre todo, porque cuesta. Pero la mansedumbre no es debilidad sino, todo lo contrario, fortaleza. El caso más destacado en el reino animal lo constituye el buey que, pese a su enorme fuerza, es manso y se deja guiar por el agricultor como si fuera un cachorro. Ciertos animales domésticos, como el caballo o el perro, son mansos porque su fuerza ha sido domada. Esto es un símbolo de la mansedumbre: fuerza sometida al control del Espíritu Santo.
Hay un proverbio que hace el elogio de la mansedumbre (pero también de la longanimidad y del dominio propio): «Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu que el que toma una ciudad» (Pr 16.32).

Moisés es el ejemplo humano más destacado de mansedumbre que contiene la Biblia: «Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra» (Nm 12.3). Sin embargo, él pareciera ser ejemplo de lo contrario. Él no tuvo temor de desafiar al Faraón de Egipto diciéndole las palabras fuertes que Dios ponía en su boca (Ex 8.20–23; 9.1–4, etc.). Reprimió a los israelitas infieles con toda severidad y los obligó a beber el polvo al que había reducido el becerro de oro que habían adorado (Ex 32.19–20); luego ordenó la matanza de los apóstatas (vers. 25–29).

Cuando Coré y su clan se rebelaron contra la autoridad de Moisés él no les respondió con mansedumbre ni inclinó resignado la cabeza ante sus pretensiones, sino los acusó duramente y los exhortó a presentarse delante del Señor para que él juzgara entre ambos. Conocemos el trágico desenlace (Nm 16).

En esas ocasiones, cuando el honor de Dios y la misión que le había sido encomendada estaban de por medio, Moisés reacciona con energía (lo que no le impide interceder por los culpables). Pero cuando es su propia dignidad la que es afectada, como cuando sus hermanos Aarón y Miriam murmuran de él, deja que sea Dios quien lo defienda y, más bien, ora para que sean sanados (Nm 12).

Nuestra mansedumbre, o la falta de ella, se revela en la forma como contestamos a las críticas y a los consejos no solicitados. La persona mansa no rechaza indignada las críticas que se le dirijan ni menosprecia los consejos francos, pensando que él sabe más, sino que los acepta agradecido y toma seriamente las observaciones que se le hacen. Pero ¿cuántos adoptan esta actitud? Lo más frecuente es que los afectados rechacen indignados las críticas, muy seguros de poseer la verdad, o de ser tan perfectos conocedores de la palabra que no necesitan que nadie venga a enseñarles. Y no falta quienes aleguen la autoridad que han recibido para acallar todas las objeciones que puedan hacérseles. Esa no era la actitud de Pablo frente a sus críticos.

Las siguientes palabras del comentarista Franz Delitzsch (1) explican sabiamente en qué consistía la mansedumbre de Moisés: «Nadie igualó a Moisés en mansedumbre porque nadie fue elevado tan alto por Dios como él. Cuanto más alta sea la posición que alguien ocupa entre los hombres, más difícil es para el hombre natural soportar ataques con mansedumbre, especialmente si se dirigen contra su posición oficial y su honor.» Yo añadiría: cuanto más se acerca el hombre a Dios más humilde y manso se vuelve, porque contempla cuán grande es Dios y cuán pequeño es el hombre, y la distancia que los separa. Y sigue Delitzsch: «Moisés no solo se abstuvo de defenderse sino que ni siquiera clamó a Dios que lo vengara… Porque él era el más manso de todos los hombres, podía dejar tranquilamente el ataque que había sufrido en manos del Dios omnisciente y recto.» Ojalá obremos nosotros de manera semejante cuando la ocasión lo requiera.

Los salmos están llenos de elogios y promesas para el manso: «...los mansos heredarán la tierra...» (Sal 37.11), promesa que Jesús retoma transformándola en una bienaventuranza: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por herencia.» (Mt 5.5. Véase Salmos 76.9; 25.9). Los mansos a los que el mundo empuja y relega al último lugar heredarán las promesas de Dios en su reino y ocuparán los primeros lugares (Mr 10.31).

Ser manso es todo lo contrario a reaccionar con cólera o con violencia. Jesús nos dejó un modelo de mansedumbre cuando dijo: «Al que te hiera en la mejilla derecha preséntale también la otra... y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.» (Mt 5.39,41). Aquí nuevamente presentar la otra mejilla o caminar un kilómetro adicional no es señal de debilidad sino de fuerza.

La experiencia enseña que la mansedumbre es más eficaz que la fuerza a la hora de resolver los conflictos humanos: «La blanda respuesta quita la ira, mas la palabra áspera hace subir el furor» (Pr 15.1). Los pacificadores, que Jesús llama bienaventurados (Mt 5.9), han de ser mansos y pacíficos para poder pacificar a otros.

Pablo aconseja restaurar al caído con espíritu de mansedumbre (Gá 6.1). Cuando anuncia su retorno a Corinto para corregir los abusos, pregunta si ellos desean que venga con vara o con amor y espíritu de mansedumbre (1 Co 4.21) (2).

¿Por qué dice «espíritu de mansedumbre» y no mansedumbre simplemente? Pudiera ser que tenga que usar de severidad y de esa manera pudiera no parecer manso, como nuestro Señor cuando expulsó a los mercaderes del templo (Mt 21.12–13). Lo que importa no es la apariencia de mansedumbre, sino la realidad. Uno puede parecer manso por debilidad, pero no tener un verdadero espíritu de mansedumbre. El que trata de afectar mansedumbre y cordialidad es un enemigo peligroso, que oculta su juego y disfraza su odio. «Líbreme Dios del agua mansa que de la brava me libro yo», dice un viejo refrán. Detrás de la mansedumbre hipócrita puede recelar una trampa.

Pablo aconseja corregir con mansedumbre a los que se oponen «por si quizá Dios les conceda que se arrepientan» al ver la humildad y gentileza del siervo de Dios, que son más propicias que la severidad para reconducir al bien a los que se apartan.

El evangelio debe presentarse y definirse con mansedumbre, dice Pedro (1 Pe 3.15), para avergonzar a los opositores y a los que calumnian a los santos. La mansedumbre es una condición indispensable para mantener la unidad del cuerpo de Cristo y de la iglesia local (Ef 4.1–3). ¿Cuántos conflictos no surgen en las congregaciones por la soberbia y la ausencia de espíritu de mansedumbre?

Santiago dice que debemos recibir la palabra de Dios con mansedumbre (Stg 1.21). Él vincula la prontitud para escuchar, la lentitud para hablar, y el dominio sobre nuestro temperamento y sobre la ira (v. 19), con la mansedumbre para escuchar la palabra. ¿Qué es recibir la palabra con mansedumbre? Es escucharla como lo que es en verdad, no palabra humana sino divina (1 Ts 2.13), y estar dispuesto a obedecerla. Por eso enseguida nos exhorta a ser «hacedores de la palabra y no tan solamente oidores» (Stg 1.22). En verdad, la mansedumbre está vinculada estrechamente a la obediencia a la voz de Dios. ¿Podríamos imaginar un animal manso que no obedezca? La mansedumbre se traduce en obediencia o no es auténtica sino fingida.

La templanza o dominio propio
La palabra enkráteaia y sus derivados aparecen pocas veces en el Nuevo Testamento (3). Designa una virtud que era muy apreciada por los filósofos antiguos pero, a juzgar por los testimonios de sus vidas, era también muy poco practicada. Sin embargo, a través de los escritos de Pablo, y por inspiración del Espíritu Santo, fue incorporada al arsenal de virtudes que el Señor desea que desarrollemos.

Con la templanza viene la moderación de las manifestaciones del temperamento y de los sentimientos y pasiones. La templanza puede ser una virtud innata, así como puede ser también adquirida por la educación o el entrenamiento. El propio Pablo cuando él se refiere, a modo de comparación, al entrenamiento riguroso al que se sometían los atletas de su tiempo y que consistía posiblemente en un régimen estricto de comida y bebida, así como de ejercicios exigentes para aumentar la agilidad y la fuerza. Estas prácticas acrecientan también inevitablemente la fuerza de la voluntad y el dominio de sí mismo. Él nos da a entender que él mismo se sometía a ciertas disciplinas para dominar los instintos del cuerpo y los impulsos naturales del alma a fin de alcanzar un premio diferente al que recibían los atletas, una corona imperecedera (1 Co 9.24–27).

Pero la gracia infunde en el creyente un dominio propio sobrenatural, cualquiera que sean las tendencias innatas de su temperamento. Ese dominio, aunque provenga de la acción interna del Espíritu Santo, debe ser no obstante concientemente cultivado. Hoy se rechaza toda noción de disciplina corporal, como si ésta no influyera en el alma. La autodisciplina ha caído en desprestigio como si estuviera sólo ligada a una religión de obras y no consistiera en prácticas que fortalecen el espíritu para la oración, la meditación, el discernimiento y el estudio. El hábito mundano de «darse gusto en todo» lo que no sea directamente pecaminoso ha invadido las iglesias y a quienes predican la sobriedad se les tacha de "aguafiestas".

Pablo le predicaba al gobernador Félix en Cesárea (Hch 24.24–25) —que parecía interesado en la doctrina de Cristo— acerca del dominio propio, posiblemente porque él necesitaba más que nadie abstenerse de los deseos de la carne y de la lujuria que combaten contra el Espíritu (Gá 5.16–17). Pero ¿cuántos predican hoy día sobre el dominio propio, siguiendo el ejemplo del apóstol de los gentiles, no solo a los incrédulos sino también a los propios? Por ese motivo el pecado es rampante en muchas congregaciones.

Esta lucha contra la concupiscencia es una realidad de la vida cotidiana y es el primer campo de batalla en el cual el cristiano debe ejercer dominio propio. Nótese que Pablo habla del fruto del Espíritu precisamente en el marco de su exposición acerca del andar en el Espíritu y contrapone las obras de la carne con el fruto (Gá 5.19–23), donde se observa cuán opuestas son ambas naturalezas. Es obvio que no se puede desarrollar lo último si no se lucha contra lo primero.

Éste es el verdadero combate espiritual, —la lucha contra las pasiones— en que debe empeñarse el discípulo de Cristo, porque es en ese campo donde el enemigo de nuestra alma tratará de hacernos caer y, si no nos mantenemos sobrios y vigilantes, puede derrotarnos tristemente, tal como nos advierte el apóstol Pedro (1 Pe 5.8).

¡Cuántos son, en efecto, los creyentes, incluso los predicadores y líderes, que yacen vencidos a la orilla del camino estrecho que conduce a la vida (Mt 7.13–14), porque no quisieron esforzarse en luchar contra los apetitos inocuos pequeños, haciéndose vulnerables a los más grandes y peligrosos!

Si bien de un lado todo lo creado por Dios es bueno y fue hecho para que gozáramos sanamente de ello y con acción de gracias (1 Ti 4.4), Pablo nos advierte que «todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas no me dejaré dominar de ninguna» (1 Co 6.12).

Aquí la palabra clave es «dominar». ¿Qué es lo que domina en mí: los apetitos de la carne —incluso los legítimos— o los deseos del espíritu? Muchas veces la lucha no es entre el pecado y la gracia, sino entre lo permisible y lo que es más útil y conducente al progreso espiritual; esto es, entre lo bueno y lo mejor.
Un campo en el que los cristianos han desarrollado loablemente la templanza es el de la abstención de bebidas alcohólicas. Beberlas en sí no es pecado —Pablo dice «no os embraguéis con vino», no prohíbe beberlo (Ef 5.18)—, sino por el testimonio de sobriedad que se brinda a los que con frecuencia se emborrachan para ruina de sus almas y calvario de sus familias. En ocasiones conviene que nos abstengamos de ciertas cosas no a causa de nuestra conciencia, sino de la conciencia ajena (1 Co 10.27–29) (4).

La lucha contra los pecados de la carne es un combate interminable porque sólo los cadáveres no son tentados. Si bien el cuerpo puede estar como muerto, la imaginación no envejece y se mantiene siempre inquieta y viva. De ahí la importancia de mantenernos siempre ocupados —cualquiera que sea nuestra edad— a fin de no dar lugar al diablo.

Se ha dicho con razón que la condición del cuerpo influye en la del alma: cuerpo ocioso, mente ociosa. El estudio, tan necesario para el conocimiento de las Escrituras, es incompatible con la ociosidad. Éste es un campo en el que el dominio propio debe ejercitarse vigorosamente.

Recuérdese que David fue tentado y cayó cuando ya no iba a la guerra, sino se quedaba para gozar de las comodidades de su palacio. Muchas comodidades del cuerpo se convierten fácilmente en incomodidades para el alma y ocasión de tropiezo. El que pasa horas pasivamente delante de la pantalla de TV ¿cómo podrá mantener no solo su cuerpo, sino sobre todo su espíritu, su mente y su memoria ágiles? El que disfruta demasiado de los placeres del paladar puede volverse débil para enfrentar las tentaciones de la lujuria.

Otro campo en el que debe ejercerse el dominio propio es el del mal genio y la cólera. Muchas personas se convierten en cargas difíciles de soportar para otros a causa de un genio difícil o no controlado («Gotera continua [son] las contiendas de la mujer», dice Proverbios 19.13b, pero los malhumores del hombre pueden ser más duros de soportar para ella y para sus hijos). Ya hemos citado más arriba un proverbio que se aplica también a este campo (16.32). El que no controla sus arrebatos pierde autoridad ante los suyos. Notemos: el que se domina irradia autoridad.

Los excesos de los sentimientos en las personas sensibles deben ser puestos también bajo el control del espíritu, por no hablar de los celos y la envidia que suelen proceder del temor y de la inseguridad.

Pablo dice que no hemos recibido «un espíritu de temor... sino de dominio propio» (2 Ti 1.7). Saber dominar el miedo frente a circunstancias de peligro es un fruto del Espíritu, aquella condición de carácter que nos mantiene serenos ante las amenazas y las agresiones y que nos permite reaccionar con serenidad y espíritu pacífico, con los que muchas veces se conjura más fácilmente el peligro.

Pero es especialmente respecto de la lengua donde debemos ejercer el control. La lengua ha sido comparada a un animal desbocado que no cesa de proferir palabras y que corre sin freno. «En las muchas palabras no falta pecado» dice el sabio (Pr 10.19), porque la lengua suele obedecer a una mecánica propia impía en la que pueden hallar expresión muchos rincones y recovecos ocultos del alma a los que no llegó nunca la escoba del arrepentimiento. ¡Cuántos sentimientos, a veces ignorados, afloran en las conversaciones demasiado prolongadas! ¡Cuántas veces decimos palabras que hubiéramos preferido callar porque dimos rienda suelta a nuestra lengua! «El que no ofende de palabra es varón perfecto, capaz de refrenar todo el cuerpo» escribe Santiago, con lo que se entiende que si alguno puede dominar su lengua ha ganado lo más difícil de la batalla contra los bajos instintos (Stg 3.2). He aquí un campo en el que deben ejercitarse todos los creyentes.

Notas del autor:
  1. Citadas por John Sanderson en The Fruits of the Spirit.
  2. En ambos casos «espíritu» debe entenderse en el sentido de «disposición de ánimo».
  3. Esta palabra proviene de la preposición en y de la palabra kratos, que quiere decir fuerza, poder, gobierno.
  4. En este párrafo, Pablo señala que si bien mi libertad en Cristo no puede ser juzgada por la conciencia ajena, —es decir por las escrúpulos o prejuicios de otro.— debo guardar consideraciones con aquellos cuya conciencia es débil por ignorancia y que pueden ser fácilmente escandalizados. Compárese con 1 Co 8.1–13.
Si desea leer la Primera parte de este estudio, puede hacer click aquí.

Fuente:
El Fruto del Espíritu


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EL FRUTO DEL ESPÍRITU II

EL FRUTO DEL ESPÍRITU II
Por José Belaunde M.

Si le preguntaran a su familia, amigos, compañeros de trabajo y hermanos de su congregación sobre usted, ¿sus respuestas expresarían que los frutos del Espíritu Santo son una realidad visible y constante en su vida? En esta segunda parte meditamos sobre la paciencia, la benignidad y la bondad, y la diferencia entre estas.

La paciencia
La paciencia es la cualidad que endulza las relaciones humanas, que nos permite sonreír frente a los desplantes y torpezas ajenas. Es la cualidad que los padres necesitan para cuidar a sus hijos pequeños y para educar a los más grandes. Es esa cualidad indispensable para llevarnos bien con los compañeros de trabajo y con nuestros colegas. Es la cualidad que permite a los maestros soportar a sus alumnos tumultuosos y a estos a su profesor malhumorado. Es la cualidad que nos permite soportar con buen ánimo y sin quejarnos las penurias y las enfermedades. En fin, es una virtud necesaria para todas las etapas de la vida y que se aprende solo ejercitándose en ella, esto es, sufriendo de buena gana las molestias de la vida.

La paciencia es una consecuencia o manifestación del amor, y es apropiado que en la enumeración de los aspectos del fruto del Espíritu, venga después de la paz, pues se ha definido a la paciencia como la ciencia de la paz, la ciencia de mantener la calma en medio de la tempestad.

Es muy singular que la palabra «paciencia» sea casi exclusiva de las epístolas y de Apocalipsis. Solo aparece dos veces en los Evangelios y dos veces en el Antiguo Testamento (en Job y en Proverbios), aunque el concepto sí está presente en las descripciones de Dios como tardo o lento para la ira (Ex 34:6; Nm 14:18, etc.) (Nota 1).

La paciencia en efecto, es una cualidad del carácter de Dios, quien, como dice Pedro, es «paciente con nosotros porque no quiere que ninguno se pierda sino que todos vengan al arrepentimiento» (2 Pe 3.10).

Básicamente son dos las palabras griegas del Nuevo Testamento que se traducen por «paciencia»: makrozumía y hupomoné. La primera es la que usa Pablo en Gálatas 5:22. Viene de makro (largo) y zumía (pasión, ira). El adjetivo makrozumós denota al que demora en airarse. Su significado puede traducirse también por «longanimidad», palabra que ha caído en desuso, pero que expresa bien el sentido de «ánimo largo», que posee la persona tenaz, perseverante.

La segunda palabra, que es la más frecuentemente usada, viene de hupo (debajo) y moné (permanecer), esto es, permanecer debajo. Es la cualidad del que soporta sin moverse, del que no cede ante las circunstancias desfavorables.

En general, makrozumía se refiere a la paciencia que ejercitamos respecto de las personas (por lo que a veces se traduce también como «tolerancia» o «mansedumbre») y hupomoné, la que ejercemos frente a las circunstancias.

Pablo nos exhorta a soportarnos unos a otros con paciencia (Ef 4:2), a sobrellevar los defectos ajenos, así como ellos deben soportar los nuestros, a fin de guardar la unidad del cuerpo de Cristo. En varias ocasiones él se propone a sí mismo como ejemplo de paciencia (2Cor 6:4).

Él escribe que soportar las tribulaciones produce paciencia, y la paciencia, carácter probado, el cual, a su vez, engendra esperanza (Ro 5:5). Santiago, por su lado, nos exhorta a gozarnos en las pruebas que producen paciencia (Stg 1:3–4) y nos pone como ejemplo a los profetas antiguos y al patriarca Job (5:10-–11).

Pero nuestro mejor ejemplo de paciencia es Jesucristo pues nadie soportó de manos humanas un tratamiento tan cruel como el que le fue infligido; que «como cordero fue llevado al matadero y como oveja delante de sus trasquiladores enmudeció y no abrió su boca» (Is 53:7).

Si hemos de entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones, como dice Pablo (Hch 14:22), ¡cuán necesaria nos es la virtud de la paciencia para sobrellevarlas! Recordemos que la grandeza del alma se revela más en las adversidades que en los triunfos.

Jesús dijo que el labrador limpia el sarmiento para que dé más fruto. No hay poda que no sea dolorosa. Por eso debemos soportar la disciplina de Dios con la paciencia de la vid que no protesta (Hb 12:7–9).

Hay un pasaje en Colosenses en que las dos palabras griegas mencionadas arriba aparecen juntas y en el que se dice que hemos sido fortalecidos con todo poder «...para tener paciencia y longanimidad». Uno esperaría que la finalidad del fortalecimiento es hacer grandes hazañas. Pero no es así. Se nos fortalece para que seamos pacientes y perseverantes, cualidades que son necesarias para la realización del ministerio cristiano, esto es, para servir a los demás «con gozo». El propósito de este aspecto del fruto del Espíritu, no es imponerse sobre los demás, sino soportar las pruebas y dificultades, lo cual puede ser a veces una hazaña mayor que los hechos notables que el mundo admira. La paciencia es por ello una marca del temperamento cristiano, indispensable para el ministro del Evangelio (2 Ti 4:2; 2Cor 6:4–6) a causa de la oposición del enemigo que deberá afrontar y de la perseverancia que deberá ejercer para predicar a tiempo y a destiempo.

El recordado maestro pentecostal británico, Donald Gee, hace la interesante observación de que las pruebas nos vuelven amargos o tiernos, dependiendo del espíritu con que las encaremos, si con rebeldía o desaliento, o si con resignación o agradecimiento. Agregaría que las adversidades, llevadas con paciencia son nuestras mejores amigas porque templan nuestro carácter y nos preparan para afrontar mayores pruebas y ganar mejores victorias.

La paciencia está ligada a otras virtudes emparentadas y en las que se apoya. Por ejemplo, de Job podemos decir que tuvo no solo paciencia cuando perdió toda su fortuna y a sus hijos, sino que demostró tener una gran ecuanimidad pues no perdió la calma junto con sus bienes. Cuanto más apegados estemos a los bienes de este mundo más sufriremos por su pérdida, pero si les damos su justo valor recordando que son transitorios, no nos desesperaremos si nos despojan de ellos. El desapego es por ello una cualidad necesaria en ciertas circunstancias para ejercer paciencia frente a la adversidad, como lo demostró el mismo Job.

Si la paciencia es una manifestación de madurez, el defecto contrario, la impaciencia, es una manifestación de inmadurez. La impaciencia aborta con frecuencia el fruto de nuestras labores pues no sabemos esperar el resultado y nos desanimamos cuando el fruto demora en mostrarse. Por eso Santiago nos pone como ejemplo al labrador que espera con paciencia que salga y crezca el brote de la semilla mientras aguarda la lluvia temprana y la tardía (Stg 5.7). La paciencia está ligada a la espera, esto es, necesita como apoyo no solo a la fe que la sostenga sino también a la esperanza que la aliente y haga otear en el horizonte la ansiada victoria.

La benignidad y la bondad
¿En qué se diferencian estos dos aspectos del fruto del Espíritu? Pareciera como si el apóstol hubiera yuxtapuesto dos sinónimos para expresar una misma cualidad. Pero no es así. Aunque afines, hay una diferencia entre ambas virtudes. Para decirlo de una manera simple, la benignidad (jrestótes) es una virtud principalmente pasiva, receptiva; la bondad (agazosúne) es activa. La benignidad es la disposición de carácter que acoge a los demás con amabilidad, con cariño, con ternura, con una actitud benevolente, tolerante, y que, por consiguiente, inspira confianza.

La persona benigna sabe escuchar sin impacientarse por la torpeza de la ignorancia ajena, o por la timidez del que se le acerca; trata sin dureza, sin maltratar, perdonando. La benignidad es lo contrario de la severidad, de la aspereza del malhumorado, o de la frialdad del indiferente.

La benignidad es tanto más valiosa y necesaria cuanto más humilde sea la persona que se acerca. Por lo general la gente suele tratar mal a las personas humildes y bien a las poderosas, como si estas lo merecieran y las otras no. Esa conducta quizá se deba al miedo o al respeto que los poderosos les inspiran.

Pero Pablo nos propone una conducta diferente al hablar del cuerpo de Cristo. Dice que las partes más débiles son las que reciben o necesitan mayor honor, mientras que las más apreciadas no lo necesitan tanto.

Él escribe acerca de los miembros del cuerpo refiriéndose figuradamente a las personas: «Los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios; y aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y a los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro. Porque los que en nosotros son más decorosos no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo dando más abundante honor al que le faltaba.» (1Cor. 12:22–-24).

Las personas más necesitadas deben ser tratadas con más cariño, con más cortesía, con más benevolencia. Los que están en mejor posición material o social no necesitan ser tratados con igual consideración, porque disponen de lo necesario (2).

Pablo ha escrito en varios pasajes acerca del modo cristiano de tratar al prójimo: «Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Ef 4.32).

En otro lugar relaciona la benignidad con la misericordia, la humildad, la mansedumbre, la paciencia (Col 3.12). Esas son virtudes afines que suelen ir juntas, aspectos diversos del amor que, como una piedra preciosa, presenta diversas facetas de luz.

Pablo también escribe: «Vuestra gentileza sea conocida por todos» (Fil 4.5). De la persona gentil no sale ninguna palabra descortés, que no sea amable, así como de una misma fuente no puede brotar agua dulce y amarga (Stg 3.11).

La buena educación, las buenas maneras, dicho sea de paso, son una cualidad cristiana, una manifestación muy valiosa del amor al prójimo, pues facilitan las relaciones humanas, aunque a veces los paganos la practiquen mejor que los cristianos. Tienen de qué avergonzarnos.

El cristiano maduro trata a las personas que le han sido encomendadas con ternura, como la nodriza cuida a sus propios hijos. (1Ts 2.6).

En la segunda carta a Timoteo el apóstol da a su discípulo algunas pautas acerca de cómo debe comportarse. El siervo de Dios —dice— no debe ser pleitista, sino amable con todos; que corrija con mansedumbre, no con dureza. (2 Ti 2.24–25) Porque ¿cómo podría atraer a nadie a los pies de Cristo si se comporta de una manera opuesta a la de su Maestro que era benigno y misericordioso (2 Co 10.1)? ¿Si trata al inconverso con aspereza, duramente, o si se mofa de sus creencias y devociones? Él debe conducir a los pecadores al arrepentimiento mediante una actitud benigna como Cristo a la samaritana.

El apóstol Santiago escribe que la sabiduría que viene de lo alto es benigna, amable, pacífica, llena de misericordia y de buenos frutos (Stg 3.17). El que es realmente sabio debe comportarse de esa manera; no puede ser altanero, prepotente, intolerante. Así puede obrar la sabiduría del mundo, que es soberbia y se jacta de la vastedad de sus conocimientos y de sus logros. Pero la sabiduría que procede de Dios refleja la benevolencia de su naturaleza.

¿Qué trato damos nosotros a las personas que se nos acercan? ¿Somos toscos, fríos, distantes, hirientes? ¿O somos acogedores, amables, sonrientes? ¿Escuchamos con cariño e interés lo que nos cuentan, o lo hacemos desdeñosamente? La benignidad marca la diferencia.

Pensemos un momento: Las personas con las que nos hemos topado el día de hoy o ayer ¿cómo nos trataron? ¿Benignamente o todo lo contrario? ¿Y cómo nos sentimos? Pues de manera semejante se sienten los demás según cómo los tratamos. Nuestro testimonio cristiano depende mucho de cómo tratemos a la gente, es decir, de que seamos benignos.

De otro lado la bondad (agazosúne) es una virtud activa. Es el amor en acción, que acude de prisa a socorrer donde quiera que haya una necesidad; está siempre dispuesta a hacer el bien y lo hace.

Este es uno de los más sobresalientes rasgos del carácter de Dios —tal como lo describe el Antiguo Testamento— que todo lo hace para el bien de sus criaturas y está siempre supliendo sus necesidades, aunque los hombres no se acuerden de Él.

Dios hace brotar el agua de las fuentes para dar de beber a las bestias del campo; riega la tierra mandando su lluvia para fecundar las cosechas. Él provee de alimento a las aves del cielo y hace brotar la hierba para saciar el hambre del ganado y el trigo para el hombre. (Sal 104:10-–14).

Dios no descansa ni duerme cuidando al hombre, dice el salmista (Sal 121:4); protege a sus hijos en peligro enviando a los ángeles del cielo que obedecen sus órdenes (Sal 91:11-–12).

Pero sobre todo, mandó a su Hijo a salvarnos y está siempre dispuesto a perdonarnos. La bondad de Dios debería impulsarnos a ser semejantes a Él para obrar siempre a favor del prójimo que se encuentra en peligro (Pr 24:11-–12). Jesús fue un ejemplo de bondad, pues pasó su tiempo cuando caminó en la tierra haciendo bienes, resucitando a los muertos y sanando a los enfermos (Hch 10:38). La bondad nunca se cansa de hacer el bien y está siempre buscando oportunidades para ser de beneficio para los otros. Por eso Pablo exhorta a los ricos a ser «ricos en buenas obras», porque les es más útil que ser ricos en dinero (1 Ti 6:18).

Jesús nos ha dejado un gran ejemplo de la bondad que actúa a favor del prójimo en la parábola del Buen Samaritano. Ahí tenemos ejemplificado el cuidado, el propósito benéfico, la generosidad, el sentido de sacrificio y de responsabilidad que debe manifestar el creyente bondadoso con el hermano caído si quiere ser imitador de Dios.

Pero la bondad no siempre es blanda. Tiene que estar dispuesta a suprimir el error y a corregir los abusos con energía cuando sea necesario, como cuando Jesús expulsó a los mercaderes del templo que habían convertido la casa de su Padre en una cueva de ladrones. No que Él no fuera bueno ni que actuara cruelmente, sino que fue el celo por la casa de su Padre lo que lo impulsó a actuar de esa manera (Jn 2:13-–17).

Cuanto más intimidad tengamos con Dios mayor será la acción del Espíritu Santo en nosotros haciendo brotar su fruto. ¿Por qué hay tanta gente que actúa de una manera desconsiderada y cruel? Porque están alejados del conocimiento de Dios. Si lo conocieran no obrarían de esa manera.

La benignidad y la bondad se parecen, pero no son lo mismo. Son dos aspectos complementarios pero diferentes del amor de Dios (3).

Notas del autor:

(1) Podría argumentarse que la importancia que el Nuevo Testamento da a la virtud de la paciencia denota la influencia que tuvo la ética estoica en el pensamiento cristiano. La idea no es del todo descabellada pues son varios los términos del estoicismo que incorporó la doctrina cristiana (Logos, conciencia, virtud, culto racional, etc.) Pablo estaba familiarizado con el pensamiento estoico pues cita a un autor perteneciente a esa corriente. Los puntos de contacto entre el estoicismo y el cristianismo son tantos que en un tiempo circuló la leyenda de que el filósofo Séneca se había convertido al cristianismo, la cual se plasmó en un colección de cartas apócrifas del filósofo al apóstol.

(2) Mi padre solía decir —quizá inspirándose en Pablo— que cuanto más humilde es una persona con más cortesía debe ser tratada. Ese era un principio que él practicaba. Por eso la gente humilde lo quería a él tanto.

(3) Los autores griegos clásicos emplean la palabra jrestótes en contextos diversos aunque afines, pero no es fácil encontrarle una traducción perfecta en los idiomas modernos. Por su lado, agazosúne es una de las palabras con que la religión revelada ha enriquecido al griego tardío. Sólo ocurre en la traducción al griego del Antiguo Testamento (Septuaginta), en el Nuevo Testamento y en los escritos que dependen de este. Agazosúne y jrestótes (sustantivos) figuran en el Nuevo Testamento solo en los escritos de Pablo. Jrestótes es una virtud que penetra toda la personalidad y el carácter, que suaviza lo que es áspero y austero. El vino que ha madurado con el tiempo es jrestós (adjetivo en Lc 5.39) y el yugo de Cristo es jrestós (ídem Mt 11.30). Jesús desplegó su agazosúne cuando expulsó a los mercaderes del templo (Mt 21.13) y cuando profirió palabras severas contra los fariseos (Mt 23), porque su bondad lo movió a hacer prevalecer la verdad y a corregir el error. Pero no se puede decir que esas acciones muestren su jrestótes. Más bien desplegó su jrestótes cuando acogió a mujeres pecadoras (Lc 7.37–50; Jn 8.2–11) y en su trato benévolo con niños (Lc 19.13–14); en su diálogo con la samaritana (Jn 4) y en cómo se dirigió a Zaqueo (Lc 19.1–10). Esta jrestótes se identificó de tal manera con el ministerio de Cristo que Tertuliano (escritor cristiano del siglo II) pudo decir que, en los labios de los paganos romanos, Christus se convirtió en Chrestos, y Christiani, en Chrestiani, aunque con un matiz de desprecio. La mentalidad del mundo no aprecia la benignidad que solo se inclina hacia el prójimo sin pensar en el provecho propio. (Tomo esta información del interesante capítulo que R.C. Trench, dedica a estas dos palabras en su libro Sinónimos del Nuevo Testamento).


Fuente:
El Fruto del Espíritu

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